La corrida del Marqués tuvo a favor dos cosas: ser pronta y ser noble. Y seria. Seria pero desigual. Una anécdota que no es habitual y menos en Pamplona: los dos toros de mejores hechuras y más bonito remate entraron juntos en el mismo lote, que fue el de Serafín Marín. La variedad contó más por la desigualdad que por la riqueza. Y, en fin, la gran cuestión: a la corrida le faltó fuelle. No se cayó ninguno, pero acusaron las secuelas y querencias del encierro casi todos. Disparados de salida los seis, que parecieron asomar botados desde toriles. Después de la primera vara, todos sin excepción se acabaron quedando.
Estuvieron bien los tres toreros. Ni un paso en falso de ninguno de los tres. Un poquito retórico Serafín Marín. Por la manera de componer y plantarse. Con más soltura que naturalidad. Con buen encaje, buenos brazos y notable temple. Sin cansarse, con las ideas claras. Decidido, bravo y valiente Manzanares. Asentado, convencido, dueño, tranquilo, apurando en los dos toros sin nervios ni prisas. Y dispuesto, sosegado, acoplado, atemperado y seguro Eduardo Gallo.
Manzanares va en serio
Serafín se puso en la distancia con los dos toros. Al primero le encontró el sitio desde que lo vio descolgar. El sitio pero no el aire ni el punto entero. El toro se iba largo hacia fuera o hacia la querencia de corrales, que es clásica de Pamplona. La faena fue toda en un palmo, serena y segura. Pero habría lucido en la paralela con las tablas y no en la perpendicular. Al toro le costaba tomar el muletazo para adentro. La estocada de remate fue muy buena. El reconocimiento, escaso. Tal vez pecó la faena por exceso. Al cuarto le costó convencerlo más. Abierto, el toro empezó a distraerse y mucho con el bullicio de ambiente. Serafín lo tapó menos de lo debido. Suficiente pero no brillante. Y una estocada con vómito.
Manzanares se hizo en plaza con una larga cambiada de rodillas en el tercio. Con esas venía y en ese son estuvo hasta el final. A ese segundo toro, de alambicada cornamenta, lo trajo y manejó con suavidad. No fue sencillo porque el toro escarbó y gateó, hizo amago de pararse. Lo echó hacia adelante con autoridad Manzanares, que se pasó de faena y cobró estocada defectuosa. El buen son del quinto tuvo el lastre de su flaqueza de fuerza. De tanto querer pero no poder del todo pareció hasta toro pegajoso. Manzanares descubrió que al toro había que vaciarlo hacia fuera y perderle un paso. Y entonces dibujó con calidad. Una tanda con la zurda excelente. Y una estocada de valiente pero tendenciosa.
Gallo se puso enseguida con el tercero, estaba templado al tercer muletazo, cruzado, puesto, quieto. Cuando el toro no llegó al final, Gallo vio claro el paisaje y, a toro ya rendido, optó por el arrimón, los circulares, los desplantes y una rara serie de muletazos de costadillo muy del gusto de los clientes. Oreja no barata. Con el sexto quiso repetir. Pero el último sólo tuvo diez muletazos medio posibles. Después se vino abajo. El toro. No el torero, que pasó más que bien esta prueba siempre complicada de sanfermines.