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Sábado, 8 de julio de 2006
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Esclavos
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Igual que los ciudadanos reviven de mil modos su pasado, las ciudades tampoco deben perder su memoria. La ciudad de Nantes decidió este año construir un memorial único en Europa dedicado a la abolición de la esclavitud. Fue el suyo un puerto negrero de terrible e incesante actividad. En los aros de hierro de su muelle amarraron centenares de barcos con centenares de miles de esclavos negros, antepasados de los que hoy juegan al fútbol en los conbinados nacionales de Europa y en juegos que enardecen a multitudes en el continente americano. Los bajeles de la vergüenza se abastecían comprando la mercancía humana en las costas de África para deportarla después hacia las Antillas o América. A la sombra del siniestro comercio se forjaron las colosales fortunas de la burguesía local. Hay vestigios bastantes en la urbe francesa que ilustran la suntuosidad de los años florecientes de la trata de esclavos. Partían los navíos cargados de telas, joyas, cuchillos y objetos diversos hacia el oeste africano para una vez allí comprar seres humanos que trabajasen las plantaciones de las vastas colonias.

No recuerdo dónde leí que en Donosti hubo en una época esclavos negros como estos encadenados que miraban despavoridos una ciudad europea jamás imaginada desde las rendijas de un barco negrero fondeado a orillas del Loira. Fue Nantes la capital de la esclavitud. Ahora levanta un monumento para no olvidar esa lacra, ese negro borrón de su crónica pasada. Los defensores de la conmemoración exponen que la historia de esta ciudad a lo largo del XVIII y hasta principios del XX prende sus raíces en la sangre de los negros. Una parte de su riqueza del presente, también. No se trata de culpabilizar a los descendientes de aquella población de entonces, ni de incitar a la rebelión a los antillanos y africanos que son parte de los habitantes en la actualidad. Se trata de asumir este periodo, dicen. Y las autoridades municipales ven el monumento como un símbolo de la libertad, dedicado a todos los que batieron por abolir la esclavitud sin olvidar la alusión a las formas modernas del más vil e indigno de los negocios. ¿Cómo olvidar a Kunta Kinte si vemos desde la ventana como pasan día tras día los cayucos?



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