El Correo Digital
Sábado, 8 de julio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
DEPORTES
CICLISMO
McEwen desespera a Boonen
La presión del liderato y el peso del maillot arco iris desgastan al belga, que sigue sin ganar una etapa El australiano, líder de la regularidad, se anotó con facilidad su tercer sprint en el presente Tour
McEwen desespera a Boonen
LA TERCERA. McEwen celebra su victoria mientras Boonen se desespera a su izquierda. / AP
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar
EL GANADOR
Robbie McEwen (Davitamon)

Datos: Nació en Brisbane (Australia), el 24 de junio de 1972. Debutó como profesional en 1996, con el Rabobank. También ha corrido en el Farm Frites, Domo, Lotto y Davitamon Lotto.

Palmarés: Tiene 145 victorias, 13 de ellas sumadas en la presente temporada. 11 etapas en el Tour de Francia, 11 etapas en el Giro de Italia. Podio:

1. Robbie McEwen (Davitamon), 4.10.17

2. Daniele Bennati (Lampre), m.t

3. Tom Boonen (Quick Step), m.t

Mejores vascos:

10. Iñaki Isasi (Euskaltel) m.t.

21. Aitor Hernández (Euskaltel) m.t.

35. José Luis Arrieta (AG2R) m.t.

Líder de la general:

Tom Boonen (Quick Step), 29.21.00

Incidencias: Jornada tranquila en lo que respecta a las caídas, al contrario que en etapas anteriores. En el kilómetro 9, Augé, Guerini, García Acosta, David López y Backstedt se metieron en una escapada. El Bouygues Telecom la tumbó. Sólo siguieron delante David López y Guerini. En el kilómetro 60 se formó una escapada de 17 corredores en la que estaban Boonen y Hushovd. En el kilómetro 73,7, Backstedt, Brard y Geslin dejaron el grupo. Su máxima diferencia fue de 5:15 en el kilómetro 104. Les cogieron a 4 kilómetros de la meta. En el sprint, McEwen fue el más rápido del pelotón.

Publicidad

Tom Boonen anda desesperado. Ha perdido el tren de este Tour. Lleva demasiado equipaje encima. Es un crisol de colores. Porta el maillot arco iris, la etiqueta del campeón del mundo. También el amarillo, el del líder de la Grande Boucle. Y además quiere el verde, el del más regular. El que designa al que siempre está. Demasiado peso. Demasiado caro. Las escrituras de propiedad del arco iris le cuestan tiempo: entrevistas, autógrafos.... Siempre bajo los focos de los periódicos y las televisiones. Alto y guapo, joven y rubio, moderno y accesible. Hasta la revistas 'gay' le persiguen. La tasa del amarillo se paga en cada etapa: su equipo se gasta durante 200 kilómetros y luego, cuando Tom lo reclama, desaparece. El verde, por último, le obliga a reventarse en cada sprint intermedio. Es un lastre multicolor. No llega nunca a tiempo. Ayer tampoco pudo coger el TGV, el tren de alta velocidad. Desde arriba, tras la ventanilla, le saludó la sonrisa de McEwen. Por tercera vez en este Tour.

McEwen sí es puntual. Ve el ciclismo en blanco y negro. Sin colores. Al día. «¿Que cuál es mi estrategia para luchar por el maillot verde? No tengo. Yo sólo voy a por cada etapa. No tengo paciencia para esperar hasta el final del Tour». Punto. En punto. «Mi TGV particular se llama Steegmans». Es su lanzador. El único que tiene. Su maquinista. Con eso le basta. «Siempre me lleva a la estación», bromeaba ayer desde el andén de Vitré, la puerta de Bretaña, la postal rescatada de un paisaje medieval.

El velocista australiano siempre acude a sus citas. Le gustan los pares. Cada dos días de este Tour ha ganado una etapa: la segunda, la cuarta y la sexta. Su tren no cruzará mañana por la carrera. La contrarreloj es impar; no es su parada. Pero sí mañana. Será la octava. ¿La cuarta de McEwen?

Mientras el australiano suma, Tom Boonen brama. «Ser líder del Tour y campeón del mundo me carga de presión, me hace perder energías. Y yo sólo gano cuando estoy tranquilo». Ayer no lo estuvo. Anda eléctrico. Comenzó a desordenarse en el kilómetro 46, al cruzar guantes con Thor Husvovd en un sprint intermedio. La inercia les llevó a fugarse. Pero a los dos les venía grande esa escapada. La primera semana del Tour tiene las fronteras cerradas para la aventura. Es coto de velocistas. El tren sólo pasa a su hora. Nunca se adelanta. Boonen pedaleaba hacia un precipicio. Estirándose los pelos. En ese punto, nadie sabía de McEwen. No era su estación.

Sin escapadas

Cada llegada tiene un mapa secreto. Vitré es una ciudad decorada durante siglos. Con una fortaleza extraña, triangular, difícil de abordar. No es para ciclistas domésticos, sino salvajes. Las curvas previas a la meta hicieron de lupa para el miedo. Ya no había nadie escapado. Ni Backstedt, ni Brard, ni Geslin, que habían dejado de correr delante del tren a cuatro kilómetros de Vitré. Es la norma en este Tour. Nadie puede llegar antes que el convoy.

La ambición aísla a los velocistas. Los coloca en la locomotora. A codazos por el volante. El Quick Step hacía hueco para Boonen. Pero llevaba demasiado peso. El del arco iris. El belga es un chico alegre. Su madre le define como un 'niño de domingo'. Siempre feliz, de fiesta. Nunca una mala palabra. Y cada mañana de Tour, antes de salir sacrifica el descanso en cientos de firmas, en decenas de entrevistas. Abona el impuesto por ser inquilino del arco iris.

Lo hace a gusto: «Cuando me entreno suelo pasar frente a escaparates para verme con este maillot», comenta coqueto. Es su mejor piel. La que le emociona. «Sentí lo que significa el arco iris cuando bajé del podio de Madrid y vi la mirada de mi madre». Días después, en casa, a hurtadillas, la vio llorar con la prenda en la mano. Pero la felicidad también se paga.

A 500 metros

Igual que el maillot amarillo. La tripulación de Boonen llega hueca al final de las etapas. Para ella duran más de 200 kilómetros. Siempre buscando orificios en el viento. De cara. Tossatto, su maquinista, tropezó en la segunda etapa. Se desajustó en una caída. Guía cojo. Poco certero. Boonen y él no andan a la misma hora. En cambio, para el equipo de McEwen, el Davitamon, las etapas apenas tienen 500 metros. El alcance de una flecha. Su chófer se llama Steegmans, un antiguo rival de Boonen en el pelotón amateur belga. «Le he dicho que tranquilo, que esperara hasta los 400 metros», contó McEwen.

Así fue. Irrumpió por el raíl del borde. «Es mi TGV». Steegmans tenía memorizada esta meta. Había un horario que cumplir. Y lo hizo. A esas alturas de la agonía, sólo uno tuvo tiempo para bajarse en marcha y a tiempo. Para levantar los brazos en la estación de Vitré: McEwen, el viejo que ha desesperado la juventud de Boonen.



Vocento