No cesan las convulsiones en el Athletic, que lleva año y medio bajo una falla tectónica, en un estado de zozobra y agitación interna desconocido en su historia. Nunca se ha sufrido tanto como la pasada temporada y muy pocas veces los socios han podido sentirse tan desconcertados como la noche del jueves, cuando la junta directiva destituyó al entrenador sin dar explicaciones y la noticia tuvo que hacerla pública el propio afectado, Javier Clemente, en una conversación telefónica desde el coche con un conocido locutor de radio madrileño.
Lo cierto es que la imagen del club está quedando muy deteriorada con este tipo de episodios. Se quiera reconocer o no, hablar hoy del estilo-Athletic, de esa forma especial de vivir y competir que ha distinguido a esta institución y ha enorgullecido a sus hinchas, empieza a sonar a milonga. En Bilbao siempre se ha mirado por encima del hombro a todos esos clubes ruidosos que viven en una especie de centrifugado permanente, entre el espasmo y la pañolada, triturando entrenadores y devorando ilusiones temporada tras temporada. Y, sin embargo, cada día nos parecemos más a ellos. De ahí la incomodidad (cuando no irritación) de los aficionados rojiblancos, gente acostumbrada a otra cosa: a la estabilidad y las buenas maneras. A eso que se llama señorío.
Si la destitución de Javier Clemente tiene que ver con la convicción de Fernando Lamikiz y de su junta de que el club necesita un drástico cambio de rumbo, un contundente golpe de timón que renueve las ilusiones y traiga estabilidad y paz social, bienvenida sea. Por algún sitio hay que empezar, aunque sea tarde y mal. El técnico de Barakaldo se había convertido en un factor de distorsión y conflicto. Salvo los irreductibles que le profesan un agradecimiento eterno, pocos llorarán su marcha. En este sentido, se puede decir que Clemente ha perdido una gran oportunidad. Sus deseos de concordia duraron hasta la primera crítica. Como al escorpión de la fábula, al final le ha podido su personalidad. El instinto. No se ha entendido con los jugadores, ha ido por libre y, siempre a la defensiva, ha revuelto las aguas atacando con crudeza a todo lo que se movía: a los anteriores técnicos, a un ex-presidente, a medios de comunicación y a los periodistas que hemos discrepado de algunos de sus planteamientos y declaraciones. Se entiende, en fin, que Lamikiz haya acabado prescindiendo de él cuando ha encontrado la disculpa que necesitaba. Si se trataba de generar ilusión e inaugurar un tiempo nuevo en el ecuador de su mandato, Clemente sobraba.
Sería un error, en cualquier caso, suponer que la destitución del baracaldés va a solucionar por sí sola algún problema de fondo. Y es que los males del club en el terreno deportivo van mucho más allá de la identidad de su técnico. Es necesario un plan estratégico y dejar estos asuntos en manos de los profesionales, sin injerencias. Hacen falta ideas claras, temple, humildad, paciencia, sentido común y visión de futuro. Muchas cosas. El nuevo técnico elegido es Félix Sarriugarte; un gran tipo, un profesional con futuro y, desde luego, una apuesta de alto riesgo que Lamikiz sólo puede hacer desde una convicción sincera de que es lo mejor para el Athletic. Ojalá esta vez acierte.