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Sábado, 8 de julio de 2006
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La joya verde de Vitoria
Salburua, a dos kilómetros del centro de la capital alavesa, es el parque preferido de los vitorianos y el cuarto humedal más importante del País Vasco
La joya verde de Vitoria
NATURALEZA VIVA. Una idílica estampa del humedal de Salburua, que tras su recuperación se ha convertido en refugio de muchas especies de aves. / IOSU ONANDIA
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El parque de Salburua es todo un símbolo de Vitoria. Por los caminos y puentes de este humedal de 200 hectáreas integrado por varios bosques y tres lagunas -Arkaute, Betoño y Duranzarra- y ubicado a sólo dos kilómetros del centro urbano, pasean cada año 280.000 personas. Es complicado encontrar a un vecino de la ciudad que desconozca cómo es esta joya verde, de la que el Ayuntamiento alardea en todo foro nacional e internacional que se le pone a tiro. Los últimos que aprendieron a poner Salburua en el mapamundi fueron los ciudadanos de Vancouver (Canadá) hace sólo dos semanas.

Este afamado pulmón urbano -el preferido- contribuye a diario a reducir el colesterol de multitud de jubilados andarines, ayuda a corredores a abrir sus vías respiratorias, revitaliza el tono muscular de ciclistas y es lugar óptimo para entretener a los niños con la visita a las miles de aves, peces, anfibios, reptiles y mamíferos que pueblan este vergel de la Llanada.

La gente venera Salburua no sólo por su cercanía a la urbe -no hace falta coche para llegar al parque- y por sus impresionantes bosques, sino porque se siente partícipe de la apuesta hecha hace doce años por un grupo de funcionarios y naturalistas. Lograron convertir lo que era casi un lodazal en el cuarto humedal más importante de la comunidad autónoma, aventajado sólo por El Abra-Ría del Nervión, Urdaibai y el cercano embalse de Ullibarri-Gamboa.

El milagro del agua

Salburua tuvo un pasado pantanoso antes de 1950, cuando las 70 hectáreas de terreno anegado de Betoño y Arkaute dotaban a los agricultores de la zona de abundante pesca, caza y agua. Entonces, los campesinos comenzaron a drenar las balsas, que se forman por el excendente de un acuífero subterráneo, para ampliar sus fincas de cultivo. Y aquella riqueza estuvo a punto de irse a pique: en unos años sólo quedaban unas charcas y espacios llenos de barro y porquería. En 1994 se limpió el área y dejaron de desecarse las tierras. El agua obró un milagro. Surgió una lámina en Betoño que se rodeó de setos y plantas acordes con su anterior vida. Y en su primer invierno anidaron allí nada menos que ocho especies de aves. Lo mismo ocurrió en Arkaute.

Hoy, Salburua ha pasado a ser socio de la prestigiosa red Ramsar, el convenio internacional de humedades protegidos. Le avalan las más de 1.400 aves acuáticas que cada invierno se refugian en sus balsas -hay años en que se ha vigilado el sueño de hasta 2.160 alados-. Hasta la fecha, han presentado tarjeta de visita 193 especies de aves diferentes y 75 de ellas han elegido este paraje alavés para reproducirse. Así, han anidado anátidas tan poco comunes en la Península como la cerceta carretona -una de las 15 de la 'lista negra' de la gripe aviaria-, la cuchara común, el porrón moñudo, la garza real o el chorlitejo chico. Los ornitólogos también han visto reposar en Salburua en su camino a Europa o a África a animales amenazados como la garza imperial, la cigüeña negra o el aguilucho lagunero. Sólo ellos saben dónde se contagió el somormujo lavanco de la cepa más virulenta de la gripe aviaria.

Pero aunque estas aves están ahora en el punto de mira tras el fatídico hallazgo, la riqueza natural de Salburua va más alla. En el interior del parque habitan 40 especies de mamíferos, entre ellos, ciervos, zorros, musarañas y comadrejas. Y algunos en peligro de extinción como el murciélago grande de herradura, el ratonero mediano, la nutria, el visón europeo, el gato montés y la gineta.

Con ellos conviven doce tipos de reptiles -desde galápagos leprosos y europeos hasta víboras-, nueve de anfibios -incluida la delicada rana ágil-, loinas, barbos, bemejuelas, 27 especies de libélulas y caballitos del diablo e invertebrados diversos. Esto, aderezado con 35 tipos de flora acuática -alguna casi única- y cinco habitats, entre robledales, fresnedos, saucedas, prados y formaciones de grandes cárices.

Un paraíso a dos kilómetros de la ciudad que suspira por que su equilibrio no se vea de nuevo perturbado, esta vez por obra y gracia de la pandemia de origen asiático.



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