Nati López es una vitoriana del barrio de San Cristóbal con un historial de entrega nada común. Porque no es habitual haber dedicado ya más la mitad de la vida a cuidar, primero, de un padre en silla de ruedas desde 1974.
Nati tenía entonces 27 años, trabajaba en Areitio, y su ilusión era casarse cuanto antes con su novio. El derrame cerebral que sufrió su padre cortó de cuajo su plan. «Fue lo más duro que he vivido en mi vida», recuerda aún con dolor. No es para menos. Después de dos meses en coma, Francisco despertó sin fuerza alguna para andar, hablar o comer.
«Yo trabajaba de siete de la mañana a tres de la tarde. A las once teníamos el descanso para el bocadillo y venía a casa, para que mi madre pudiera hacer la compra», rememora. El paso del tiempo y los cuidados familiares permitieron a Francisco, que ahora tiene 86 años, recuperar un poco de movilidad en el lado izquierdo. Nati, que había retrasado tres años su boda «para que mi padre pudiera ir», se casó, pero seguía yendo a diario a casa de sus progenitores para echar una mano porque «entonces no había ayuda de ningún tipo».
Fue en ese momento cuando, después de echar «cuentas» con su marido, decidió dejar la fábrica y dedicarse en cuerpo y alma a atender su casa y cuidar de su padre, a quien decidió llevar a su domicilio. «Le hemos llevado en su silla de ruedas a todos los sitios: de vacaciones, a la playa, al pantano, de romería. Nada me ha hecho más feliz que verle reír cuando le cuento un chiste o le canto una canción», se emociona.
Pero la vida se empeña muchas veces en ponerse cuesta arriba y cuando Nati pensaba que ya tenía controlada la situación, el año pasado un trombo mermó las facultades de su madre, Natividad, de 84 años. «Camina, pero hay que ayudarle a levantarse y acostarse, asearse. Como ella es muy sociable, hemos solicitado que vaya a un centro de día», señala. Mientras se lo conceden, la mujer se multiplica.
«No me siento frustrada», asegura. «Nunca se me ha pasado por la cabeza ingresarles en una residencia. Soy feliz por tenerles», proclama. Su única pena es «no haber tenido más tiempo para dedicárselo a mi marido», su gran aliado en estos más de 30 años de entrega.