«¿Vendetta!», fue lo primero que gritó el domingo un 'tifoso' romano, con el rostro desencajado, nada más marcar Grosso el gol de la victoria. Estaba en un bar al lado de la embajada francesa de Piazza Farnese, con un auditorio dividido de italianos y 'bleus', y el alarido le salió del alma. La pasión reprimida de los italianos durante décadas, tras ser eliminados por penaltis en el Mundial en 1990, en 1994 y 1998, por no ganar a Francia desde el 78, por haber perdido ante ellos de forma inmerecida la Eurocopa de 2000, estalló por fin en una noche desquiciada. Trastevere, Testaccio, Campo de Fiori, plaza Venezia, cualquier rincón de Roma se convirtió en un río humano de gente cantando y agitando banderas.
Fue una noche de orgullo, sentimiento excepcional en Italia, país maravilloso pero a menudo acomplejado y turbado por sus defectos. Con el fútbol y un Mundial se produce, periódicamente, una redención histórica y nacional. La retórica y el romanticismo se fundían tanto en los gritos de los 'tifosi' como en los artículos de la prensa, que hablaban de un equipo de héroes humanos e imperfectos, quizá no siempre irreprochables, pero a fin de cuentas, campeones del mundo. «Sin el escándalo del 'Calcio' nunca lo hubiéramos conseguido», comentaban ayer Gattuso y Buffon.
De un fútbol podrido por el escándalo, vituperada por casi todos, en medio de la adversidad, Italia ha vuelto a saber ser la mejor. Leyendo en el destino, como siempre, se está interpretando como el punto de partida para refundar el 'Calcio' desde la catarsis purificadora del triunfo. Y todo es literatura idealista de este tipo, pero luego llega la vida diaria y ya se verá.
«¿Hemos sufrido mucho, mucho, y nos lo merecíamos!», se desgañitaba un joven al borde de las lágrimas. En Buenos Aires, en Australia, en Canadá, en todos los rincones del globo donde han llegado generaciones de inmigrantes italianos, huyendo de la pobreza, se celebraba la victoria. En medio del delirio, no es raro que un recluso aprovechara la confusión para fugarse de la prisión de Alghero, en Cerdeña. «¿Y ahora devolvednos la Gioconda!», decía una pancarta en Nápoles.
Los cánticos de la calle eran bastante más directos, con calificativos gruesos para la madre de Zidane, igual que los estribillos procaces que dedicaron los jugadores a la ministra Melandri cuando bajó al vestuario. El pegadizo tarareo de una canción de los White Stripes, 'Seven nation army', popularizada por Totti, es ya el himno de la victoria. Po, po, po, po, po, po,.. se oye por todas partes. La embajada francesa en Roma tuvo que ser rodeada por furgonetas anti-disturbios y después de medianoche la cosa empezó a degenerar.
Al asalto
La gente tomaba al asalto los techos de los autobuses, cuyos conductores quedaban atrapados como una diligencia entre comanches enloquecidos, y en cualquier calle volaban los balones a patada limpia, uno de los deportes del verano en Roma. En Via del Corso fueron saqueadas varias tiendas y hubo enfrentamientos con la Policía. Ayer, la resaca y el placer de despertar para leerlo en los periódicos: «!Todo es verdad! ¿Campeones del mundo!», decía la primera página de 'La Gazzetta dello Sport'. Buffon, Cannavaro,... la inmensa zaga de Italia ha sido lo mejor, pero los héroes por excelencia son dos: Grosso y Materazzi.
Grosso era un jugador desconocido que llegó en el último momento y hasta hace poco jugaba en Tercera. Marcó el primer gol en la semifinal y el domingo firmó el de la victoria. Materazzi tampoco debía estar ahí, ha jugado porque Nesta se lesionó. Es probablemente el futbolista con peor fama de Italia -es decir, del mundo-, odiado en todos los campos, salvo en el suyo, el del Inter. Es macarra, bronco y quebrantahuesos. Perdió a su madre siendo muy niño y le reciben en cada estadio con el insulto que saben que más le duele. ¿Qué le dijo a Zidane? Aún no se sabe y la Prensa local no escribía ayer una línea sobre el asunto, pero seguro que no era nada de su madre. Que le pitara todo el estadio no hizo más que hacerle sentir como en casa. Cosas del fútbol: por un día, toda Italia se identificó con él, con el patito feo, cuando marcó el empate y señaló al cielo. Pasado mañana le insultarán de nuevo.
Aviones militares trazaban la bandera italiana y a las 18.49 Cannavaro asomó en la puerta del avión con la Copa en la mano. Había dormido con ella y con su hijo. El autobús 'azzurro' tardó casi tres horas en llegar al centro de Roma, colapsada por el tráfico, saludando a la larga caravana de coches parados en la autopista y escoltada por nubes de ciclomotores. Tras encontrar al presidente del Gobierno, Romano Prodi, acudieron a la fiesta máxima del Circo Máximo, el lugar donde en el imperio se celebraban las carreras de cuádrigas. Allí se produjo la esperada fusión entre un país y su equipo. La muchedumbre -unas 250.000 personas- se componía de gente llegada de toda Italia. Una nota bastante graciosa, para ser del ministerio del Interior, pedía calma a los 'tifosi': «Hemos ganado con el corazón, no perdamos ahora la cabeza».