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Martes, 11 de julio de 2006
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OPINIÓN/El río de sangre
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El Kremlin estaba ayer exultante: el presidente Vladímir Putin saboreaba como victoria la noticia de la muerte en combate de Shamil Basáyev, el peor de sus enemigos en el Cáucaso y el terrorista más buscado. Desde que un comando bajo órdenes de Basáyev intentó tomar una escuela en Beslán, en septiembre de 2004, causando la muerte, en confusas circunstancias, de más de trescientas personas, la mitad niños, Putin había dado órdenes al poderoso Servicio Federal de Seguridad (el heredero del KGB) y a las fuerzas especiales del Ministerio del Interior de encontrar, capturar o matar al líder terrorista.

Ahora es cosa hecha y realmente es un éxito para las fuerzas rusas de seguridad y una pérdida para el ala militar intransigente del separatismo checheno e ingús, pero nadie, ni siquiera el propio Putin tal vez, están seguros de que la muerte del temible guerrillero-terrorista vaya a cambiar sustancialmente las cosas sobre el terreno.

Hace pocos meses también murió, en un contexto que aún demanda explicaciones, Aslán Masjádov, autoproclamado 'presidente' de la República de Chechenia (de la que fue por un momento presidente legal, tras el fin negociado de la primera guerra, cuando el propio Basáyev fue por seis meses su primer ministro en 1998). Entonces se dijo que Masjádov, el líder del ala política que intentaba separarse de las acciones terroristas, era poco relevante y que, en realidad, la pieza clave era Basáyev.

En este discurso oficial, pues, la muerte en combate del hombre que -según la versión difundida en Moscú- preparaba en Ingushetia un gran golpe para hacerlo coincidir con la cumbre del G-8 que se abre el sábado en San Petersburgo y aguarle la fiesta a Putin, quien, gracias a su combate sin merced contra el nacionalismo islamoterrorista en el Cáucaso, es un socio incluso a su pesar de Washington en la lucha antiterrorista.

Si Masjádov fue sustituido, también lo será en seguida Basáyev, que tenía varios lugartenientes de peso, pero, en primera instancia, el golpe es muy severo para la resistencia y un éxito para un Putin que, en esta materia, dispone de un amplio apoyo popular y social fuera de la región.

Otra cosa es ponderar en qué medida la muerte de este 'jefe de guerra', a medio camino entre la tradición del bandidismo y el liderazgo político, podrá alterar, si es que la altera, la relación de fuerzas y elimina toda posibilidad de considerar alguna clase de desenlace pactado.



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