El Correo Digital
Martes, 11 de julio de 2006
 Webmail    Alertas   Envío de titulares    Página de inicio
PORTADA ÚLTIMA HORA ECONOMÍA DEPORTES OCIO CLASIFICADOS SERVICIOS CENTRO COMERCIAL PORTALES
SOCIEDAD
SOCIEDAD
El pequeño tirano
La relación entre padres e hijos se convierte en un infierno cuando el niño chantajea emocionalmente a sus progenitores y se hace con la casa, a veces por medio de la violencia
El pequeño tirano
Imprimir noticiaImprimirEnviar noticiaEnviar
EL EXPERTO

RECOMENDACIONES
Dr. Javier Lavilla

Especialista de la Clínica Universitaria de Navarra



Distinguir entre los problemas aislados de comportamiento y una dinámica errónea.

No huir del problema. Reconocer su existencia cuando nos avisan otras personas próximas al niño, como sus profesores.

Evitar que el niño perciba debilidad o una fluctuación en la firmeza de las decisiones.

Intentar una aproximación sin dejarse avasallar, poniendo límite a sus exigencias pero sin buscar un enfrentamiento violento.

Un mediador puede ayudar a poner límites y a acercar al niño emocionalmente hacia sus padres.

Promover en él aficiones que sirvan como vía de escape y desahogo -deporte-, o le hagan más abierto hacia el mundo.

Publicidad

En los últimos años se están observando cada vez más casos de comportamiento violento por parte de los hijos hacia sus padres. Se ha llegado a plantear la existencia de un tipo de niño denominado como 'dictador', que termina por generar anomalías importantes en la dinámica familiar y que tiene consecuencias sobre su propio desarrollo personal. Hay abundantes referencias sobre estos menores que presentan una conducta claramente anómala, que se concreta en la imposición continua de su voluntad, el empleo del chantaje emocional e incluso de la violencia.

Muchos de esos comportamientos han surgido provocados por otras formas de agresividad que afectan especialmente a los pequeños, como los actos de violencia en la escuela o en la calle. La falta de autocontrol y el papel que juegan diversos estímulos externos fomentan la aparición de esas conductas.

Este tipo de comportamiento comienza a detectarse en el pequeño a partir de los seis o siete años, aunque también puede empezar más tarde, en la denominada segunda infancia, de ocho a doce. La dinámica familiar puede ser hasta ese momento normal, aunque es cierto que este problema se aprecia especialmente en núcleos inestables o con una relación entre padres y sus retoños no convenientemente cuidada. Suele tratarse de hijos únicos o con pocos hermanos, o incluso niños que por diferencia de edad se han quedado solos en casa.

Hay que saber distinguir entre un menor consentido y el denominado 'tirano'. Todo niño o niña tiende a ser egocéntrico y caprichoso, pero los padres responsables saben poner límites a sus exigencias. Esa frontera se instaura incluso a costa de generar un enfrentamiento -las rabietas-. El chaval 'dictador' suele haber sido antes un mimado. La transformación se produce cuando el pequeño obtiene respuesta a todas sus peticiones, con lo que adquiere una actitud más manipuladora, distante y de desprecio hacia los padres.

Este tipo de educación no pone límites al egocentrismo del hijo, algo que además se acentúa en el paso hacia la adolescencia. La actitud permisiva viene en parte favorecida por un mayor acceso hoy día al consumismo y un progresivo olvido de otros valores que también han de estar unidos a la educación, como el sacrificio y la renuncia.

¿Permisividad o castigo?

No se puede optar categóricamente por una de estas dos formas de educar a un niño. La excesiva rigidez no genera libertad y responsabilidad, por lo que provoca comportamientos reprimidos. Sin embargo, la total permisividad, lejos de favorecer la educación responsable, provoca un tipo de comportamiento incontrolable e impide hacer frente a problemas de frustración.

Otro factor importante que se observa es la lejanía educativa que evidencian cada vez más los padres -ya sea por exceso de trabajo, falta de motivación, núcleos familiares inestables-. De hecho, este problema se ha llegado a vincular con el de la soledad del niño. Ante la ausencia de comunicación, van adquiriendo relevancia otras fuentes de estímulos que pueden generar estereotipos de conductas anómalas -como la pandilla o los modelos de comportamiento que ven en televisión-.

Hoy día abundan los estímulos que tienden a deteriorar el concepto de autoridad en general, y especialmente el de los padres. Se aboga por una actitud permanentemente rebelde y un planteamiento de 'sin límites' que promueve el enfrentamiento contra cualquier forma de disciplina o regla. Por otro lado, se da demasiada importancia a un excesivo consumismo, así como a una mentalidad centrada en obtener un poder adquisitivo alto. ¿Por qué? Para disfrutar de todo lo que se pretende y se goce de una imagen de éxito frente a los demás. Estos factores determinan un grado de dependencia económica que en muchas ocasiones constituye el detonante de esta actitud déspota.

Un comportamiento de esta naturaleza pasa factura sobre todo al propio niño, ya que genera una dinámica muy peligrosa en su maduración como persona. Además de por la falta de autoridad, porque el egocentrismo y la ausencia de autocontrol provocan muchas veces el enfrentamiento con el entorno.



Vocento