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Más de 500 presos estudian o trabajan en Nanclares para lograr ventajas penitenciarias
La mitad de ellos siguen cursos reglados, que van desde aprender a leer hasta carreras universitarias Los 256 reclusos que realizan actividades laborales fuera o en la cárcel cotizan a la Seguridad Social
Más de 500 presos estudian o trabajan en Nanclares para lograr ventajas penitenciarias
PRESOS. María Teresa, en primer plano, hojea un libro en la biblioteca. A su lado, Vladimir, y al fondo Richard, en una mesa. / IGOR AIZPURU
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Las tres cuartas partes de los 700 presos de la cárcel alavesa de Nanclares estudian o trabajan. Los reclusos consiguen de esta forma varios objetivos: desde el más sencillo que es el de estar ocupados y notar menos el peso de las paredes de la prisión, hasta la percepción de un salario en algunos casos, el aprendizaje de un oficio, en otros, o abrir nuevas perspectivas de vida y mejora social.

La realización de este tipo de actividades les permite contar con muchas posibilidades de lograr ventajas y beneficios penitenciarios. Entre ellos se encuentran la obtención de más permisos de salida o grados de cumplimiento de condena y regímenes más flexibles.

«Ya no existe la redención de penas por estudios o actividad. Tantos días de labor, tantos días que te descuentan. Esa figura desapareció con el nuevo Código Penal», recuerda a EL CORREO el director de la prisión, Juan Antonio Pérez Zárate. «Quedan algunos con ese esquema, pero son ya residuales y no llegarán al 10% de la población reclusa, los que cometieron sus delitos antes de 1996», detalla. Sin embargo, desarrollar una actividad, sea de estudio o trabajo, es uno de los factores que contempla y valora la junta de tratamiento de la cárcel a la hora de hacer un seguimiento del preso y fijar su perfil, que le da derecho a un régimen de vida u otro.

En el último curso lectivo, un total de 238 alumnos comenzaron cursillos reglados, aunque el nivel de bajas es muy elevado. Una tercera parte se va descolgando a medida que transcurre el tiempo, aunque muchos vuelven a intentarlo de nuevo. «En la cárcel hay muchos momentos negros y repercute en los estudios», reconoce Asier, uno de los reclusos responsables de la biblioteca. «Nos desanimamos porque pasamos momentos de bajón, de depresión», aclara.

El abanico de cursos y niveles es tan amplio que dentro de él cabe todo el mundo. Algunos presos, los que mayor riesgo de exclusión social padecen, tienen la oportunidad de aprovechar su estancia entre rejas para aprender a leer o a escribir. En algunos casos, para 'refrescar' lo que quizá sí estudiaron en su niñez, pero luego no han practicado. Hay también clases de castellano para alumnos extranjeros, «magrebíes en su mayoría, pero también subsaharianos y algunos eslavos», explica Vladimir, un preso de este último colectivo.

Desde el nivel más elemental los eslabones suben poco a poco. Hay grupos para lograr un certificado básico y otros para obtener el título de graduado escolar.

Módulos de FP

Los cursos de primaria y secundaria jalonan un camino que llega hasta la Universidad. Catorce internos siguen en la actualidad estudios en la UNED. Cuatro de ellos buscan el acceso para mayores de 25 años. Turismo, historia, filología, psicología, economía e ingeniería de sistemas son las carreras elegidas.

Nanclares ofrece otro nivel educativo centrado en los cursillos formativos de FP, que siguen unos 140 reclusos. Son ciclos subvencionados por el Fondo Social Europeo y cubren especialidades como albañilería, soldadura y alicatado, pintura de edificios peluquería -comenzó el lunes-, ofimática o inglés, además de grupos específicos de orientación sociolaboral. También hay módulos especiales que imparten inglés e informática, un taller de cine para mujeres e, incluso, una tertulia literaria.

En un tercer bloque se sitúan los reclusos de la cárcel alavesa que trabajan, 256 en estos momentos, según los datos que facilita el centro. «73 lo hacen en el exterior. Salen a realizar su labor y vuelven luego al atardecer», explica el director. Otros 183 desempeñan su labor en dentro del recinto. 110 acuden a talleres instalados en la prisión, pero que trabajan para firmas externas -del sector electrónico, por ejemplo- y otros 83 realizan tareas vinculadas al funcionamiento de la prisión, como limpieza o cocinas.

«La totalidad cobra una nómina, cotizan a la Seguridad Social y tienen cobertura para accidentes laborales. Todos, los 183, tanto los que salen fuera como quienes se quedan aquí, incluso los que trabajan para el centro», asegura el director.



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