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Miércoles, 12 de julio de 2006
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El último hombre de Wojtyla
Voz y rostro de la Santa Sede durante dos décadas, el poder le convirtió en un ministro más
El último hombre de Wojtyla
AMIGOS. Joaquín Navarro Valls, con Juan Pablo II. / REUTERS
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Todo el mundo sabe que Navarro Valls es mucho más que un portavoz. De hecho, es seguramente un caso único en el ramo: tiene una página web (www.navarro-valls.info) con sus fotos con personalidades y sus premios. En realidad, su cargo oficial era el de simple director de la sala de prensa del Vaticano, pero su voz y su imagen acabaron superponiéndose a un puesto que antes era anónimo y rutinario. Y llegó a ser, en la práctica, una especie de portavoz del Papa, si es que tal oxímoron es posible. Su relación de amistad personal con Juan Pablo II determinó una libertad de movimientos y un poder que le convirtieron en un personaje influyente de la Curia, en rivalidad con la propia Secretaría de Estado. Señal del cambio de época, el 'número dos' del Vaticano, Angelo Sodano, y él hacen las maletas al mismo tiempo. Con Benedicto XVI y sin la sintonía que tenía con Wojtyla, había desaparecido prácticamente de escena.

Su nombramiento en 1984 causó sorpresa, pues era la entrada de un laico, un señor elegante y repeinado en vez de un cura con sotana, en un despacho llamado a convertirse en la caja de resonancia de un pontificado histórico. También fue la constatación definitiva del ascenso del Opus Dei, del que Navarro es numerario con promesa de celibato, bajo el mandato de Wojtyla. Navarro era corresponsal del 'Abc' en Roma y, si una llamada del Papa polaco no se hubiera cruzado en su camino, quizá habría pasado estos años como un desconocido catedrático de Psiquiatría. En cambio, aceptó su propuesta. «Si no tiene experiencia, me permito decirle que no es tan fácil decirle no a un Papa», suele explicar. La consecuencia: dos décadas de una vida casi monacal volcada en una tarea nada fácil, única en el mundo y también en la historia. Navarro ha organizado el eco mediático de los viajes papales, ha introducido Internet en el Vaticano e impulsó el primer libro-entrevista de un pontífice, éxito mundial.

Un 'dandy' monacal

Enseguida se hizo popular y en Italia hasta corrió el rumor durante muchos años de que había sido torero. Jugador de tenis, aficionado a la montaña, bailarín de tango en su juventud, anécdotas de este tipo le confirieron un aire de 'dandy' insólito en el Vaticano, que ha equilibrado durante dos décadas con un trabajo incansable y una dedicación de 24 horas, aunque su figura era cada vez más inaccesible para los medios a medida que se convertía en una especie de ministro más.

Navarro ha afrontado situaciones muy complejas, pero quizá ninguna tan delicada como el asesinato del comandante de la Guardia Suiza Aloise Estermann y su mujer, teóricamente a manos de otro guardia, el presunto suicida Cedric Tornay, dentro de los muros vaticanos en 1998. Para amortiguar el escándalo, Navarro se presentó minutos después en el lugar del crimen e hizo de detective para dar en cuatro horas la solución del caso, que se cerró rápidamente en los tribunales vaticanos.

Pese a haber nadado con un hábil sentido de la diplomacia en todo tipo de aguas revueltas, la proverbial autonomía de Navarro le ha jugado también malas pasadas, según saben bien los periodistas del Vaticano. La más famosa sucedió en 1996, durante la visita a Guatemala, cuando confirmó que Juan Pablo II había encontrado a la premio Nobel Rigoberta Menchú, defensora de los indígenas, y hasta se extendió en detalles. Fue la entrañable Paloma Gómez Borrero quien destripó el cuento al preguntarle al fotógrafo pontificio cómo iba vestida Menchú, a lo que el reportero respondió que a esa señora no la había visto en su vida. Luego quedó todo desmentido.

Como culminación de su peso creciente, Navarro llegó a encabezar en 1994 la delegación vaticana en la conferencia de la ONU de El Cairo sobre población, que se convirtió en un debate sobre anticoncepción. El portavoz llevó el peso de la ofensiva de la Santa Sede, papel que repitió tres veces más. Su último cometido con Wojtyla fue el más doloroso, pues con fiel profesionalidad cumplió día tras día su deber de leer los partes médicos de su agonía. El día de su muerte le hicieron la única pregunta que quizá nunca se había esperado: «¿Usted cómo se siente?». Navarro, 20 años al servicio de su amigo Wojtyla, se quedó sin palabras al tener que romper por primera vez su regla de no hablar de sí mismo.



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