Hay pescadores con una costumbre escalofriante. Nunca aprenden a nadar. Así, cuando llegue su momento todo será más rápido. No le pondrán disculpas a su destino. No bracearán contra su final. Rápido. Adiós. Iban Mayo habría sido un buen pescador. Valiente. De cara. Y es un buen ciclista, pese a que ayer se ahogó su garganta.
Lo vio venir el lunes. No pudo quitar el aire acondicionado de la habitación. El aliento postizo de los hoteles. «Me puse una toalla en el cuello». Pero el frío se hizo hueco en la garganta de Mayo. El martes, el final de la etapa le vio callado, serio, cabreado. Apenas era una sensación, pero algo le empezaba a roer. Trataron de relajarle. Sin comentar siquiera la posibilidad de una infección tan inoportuna. Hay realidades de las que no vale la pena hablar. Lo malo es que no por obviarlas desaparecen.
En apenas dos curvas del Soudet, del primer puerto del Tour, la montaña se le vino ayer encima. Las clavijas de su garganta no deshacían el nudo. A la meta llegó con 24 minutos de retraso. En el vagón de los velocistas, en un lugar inusual para él. «No podía. Me faltaban las fuerzas. Ha sido un día malo. Espero tener alguno bueno», dijo el ciclista del Euskaltel-Euskadi. Recogió una leve sonrisa del suelo y colocó su esperanza a largo plazo. «Aún quedan etapas. Hoy no he ido. Sin más. Me molesta la garganta, pero eso no es disculpa». Mayo no se esconde tras ninguna palabra, y menos esa.
Ciclotímico
El Soudet rescató una escena que permanece intacta en el pasado de Mayo: en 2004, en Plateau de Beille. También rodeado por sus compañeros -Unai Etxebarria y Aitor Hernández, esta vez-. Procesión naranja. Igual de hundido. Empujado por los suyos. Con la pedalada titubeante. Con un peso extra encima: no responder con las piernas a las palmas que le dedicaba su entregado público, llegado desde Euskadi. Los Pirineos se le atragantan. Frío en la nuez. «Ya me ha pasado más veces esto. Creo que estoy bien, pero hoy no iba». Como hace tres semanas en el Dauphiné Libéré: primero chocó contra el Mont Ventoux, y sólo dos días después su maillot abierto planeó sobre Valverde en La Toussuire. Mayo es ciclotímico. Vive de orgullo y rabia. Necesita la euforia. Es un ciclista con pólvora, no de mecha mojada. «Ojalá me recupere como en el Dauphiné», confía mientras Oskar Kintana le protege la nuca con una toalla. Ahí acabó su peor etapa: en la toalla.
«Me duele al hablar, pero no quiero echarle la culpa a eso». La voz baja. No perdía más garganta en dar explicaciones. «Ya había dicho que la general no era mi objetivo. Aquí, con que tenga un buen día, basta». Buscará esa tecla. Aún le queda ánimo en la recámara. «Lo de Plateau de Beille fue mucho peor. Ahora ya tengo experiencia en estas situaciones». Es un especialista en resurrecciones. «Cuando he visto que no iba, he guardado fuerzas». En el Tour 2004, quiso bajarse. Ha aprendido a ajustarse mejor a la realidad. Aunque sin traicionarse. «Claro que lo intentaré en lo que queda de Tour».
Entre el Mayo de La Toussuire, la cima alpina del pasado Dauphiné donde reabrió su palmarés, y el Mayo de ayer apenas distan veinte días. Y en esa misma carrera, entre el Mayo del Ventoux y el de Briançon, sólo hubo unas horas. A la cima del Ventoux llegó sin voz. No por el frío, sino callado por la decepción de su debacle. Para colmo, un día después impactó contra la cuneta. Con el codo abierto. Lleno de mataduras. Conmocionado. Durante diez minutos, los que allí estuvo parado, su carrera deportiva pendió de una decisión. «Si me hubiera ido a casa, no habría dejado de darle vueltas a la cabeza».
Camino de vuelta
Regresó a la bicicleta. Con la punzada de las heridas. Con la desesperación que da la rabia. Cogió a todos y voló sobre el Izoard. Sólo un francés, Turpin, que iba escapado, le apartó de la victoria en Briançon. Aquel día, allí en la meta, abolló el manillar a puñetazos. Le felicitaban por ser segundo. Pero eso no es nada. «Prefiero ganar una etapa que ser cuarto en la general». Al día siguiente, laminó a Valverde en La Toussuire. Disfrutó de los mejores últimos 500 metros de su vida. De la pasarela de un resucitado.
Desde ayer busca de nuevo ese camino de vuelta. Mayo es un ciclista especial. Genial, aunque no fiable. Sólo juega a ganar. Dispone de un mecanismo muy delicado. Cualquier racha de aire puede desestabilizarle. Aunque sea de aire acondicionado. «La verdad es que me esperaba lo que ha pasado en esta etapa», confesó en la meta de Pau. Partió con esa duda. Y Mayo no puede dudar.