Las crisis en Oriente Próximo y Medio se sabe cómo empiezan, pero no cómo acaban. La actual, iniciada con el secuestro del soldado israelí Gilad Shalit por las milicias palestinas el pasado 25 de junio, ha generado una escalada de violencia de impredecibles consecuencias que ya se ha extendido a Líbano y que, en los próximos días, podría hacerlo también a Siria. En el curso de sus operaciones militares, las fuerzas de defensa israelíes han destruido puentes, volado depósitos de agua, bombardeado aeropuertos y provocado más de doscientas víctimas civiles, todo con el pretexto de garantizar la sacrosanta seguridad del Estado hebreo. Como no podía ser de otra manera, Estados Unidos ha dado luz verde a la agresión israelí y la ha considerado un acto de legítima defensa. La Unión Europea, como viene ocurriendo en los últimos meses, ha hecho mutis por el foro contentándose con pedir 'contención' a las partes y reclamar la liberación de los soldados secuestrados (no así de la mitad del Gobierno ni tampoco de los veinte diputados palestinos retenidos por Israel).
La actual crisis evidencia que los distintos actores implicados -Hamás, Hezbolá e Israel- pisan terreno cada vez más resbaladizo y probablemente no hayan valorado las ventajas y los inconvenientes que podría tener en el corto y medio plazo esta escalada. En el bando palestino, Hamás ha mordido el anzuelo y, tras el 'asesinato selectivo' del líder de su brazo armado, ha decidido romper la tregua que mantenía desde hace catorce meses, dando, por lo tanto, la razón a aquéllos que consideraban que no se podía confiar en una organización islamista que, a pesar de su incorporación gradual al juego político, no se acaba de desmarcar definitivamente de la violencia. Se pasa por alto, bien por desconocimiento o bien por ignorancia, que en el seno de Hamás coexisten varias corrientes que van desde el posibilismo de Ismail Haniye hasta el radicalismo de Jaled Mashal y que, estos días, ambos libran un pulso por hacerse con el control de la organización e imponer su programa. En el trasfondo de este enfrentamiento también puede observarse la tensión existente entre el liderazgo palestino del interior, normalmente más inclinado hacia el compromiso político, y el del exterior, más sensible a las presiones de otros actores regionales -como Siria o Irán- que les dan respaldo. El hecho de que la organización, tras cinco meses de asfixia del Ejecutivo palestino por parte de la comunidad internacional, se decante por una u otra opción no debería sernos indiferente, ya que de ello depende en gran medida el futuro de la región. Cuando la llamada comunidad internacional no establece diferencias entre unos y otros, actúa inconscientemente y comete un craso error, ya que da alas a los sectores partidarios de volver a la política del 'sólo hablan las bombas'.
Por lo que respecta a Hezbolá, su entrada en la actual crisis la coloca en una situación particularmente difícil. Como es sabido, Hezbolá es una organización que tiene la ambición de ocupar tres espacios: el político, el social y el militar. Desde el punto de vista político, Hezbolá interviene activamente en la política libanesa desde el final de la guerra civil e incluso, en la actualidad, participa en el Gobierno. En lo social, ha venido prestando, desde su creación en 1985, una serie de servicios a los sectores más desfavorecidos de la comunidad chií (sanidad, educación, agua, electricidad ) que le han granjeado importantes adhesiones. En lo militar, ha creado unas milicias que han logrado lo que no había conseguido antes ningún ejército árabe: expulsar a las tropas israelíes del sur libanés. Por todo ello se equivocan aquéllos que sólo ven en Hezbolá una correa de transmisión de las decisiones adoptadas en Damasco o Teherán: Hezbolá tiene su propia agenda y en ella tienen una relevancia especial tanto el combate contra Israel como la defensa de los palestinos. Ahora bien, la organización había perdido parte de su razón de ser con el final de la ocupación israelí de Líbano en el año 2000, y desde la aprobación, el 2 de septiembre de 2004, de la resolución 1599 del Consejo de Seguridad (que reclamaba «el estricto respeto de la soberanía, la integridad territorial, la unidad y la independencia política de Líbano») cada vez se oían más voces que reclamaban el desarme de sus milicias. Es evidente que el secuestro de dos soldados israelíes y los bombardeos israelíes contra la infraestructura civil libanesa (incluidos aeropuertos, autopistas, centrales eléctricas y varios suburbios de Beirut) pueden arrebatar esa aureola victoriosa que el movimiento había conquistado y, además, hacer supurar las heridas no cicatrizadas de la confrontación civil libanesa.
En lo que atañe a Israel, cabe destacar que el Gobierno de Olmert ha batido todas las marcas establecidas por Ariel Sharon y ha entrado en barrena apenas dos meses después de su formación. No debe infravalorarse la circunstancia de que en una sociedad militarizada como la israelí los puestos de mayor peso del Ejecutivo recaigan en la actualidad en dos civiles que no cuentan prácticamente con experiencia militar: el primer ministro, Ehud Olmert, y el ministro de Defensa, Amir Peretz. Esta situación, inédita en la política israelí, ha provocado numerosas críticas de los sectores 'halcones'. Este fuego cruzado en el que se han visto inmersos ambos desde su asunción del poder ha acabado por hacer mella y aumentar el peso de los sectores duros del Ejército israelí, partidarios de medidas drásticas como la extensión del conflicto a toda la región. Debe recordarse en este punto que otros dirigentes israelíes sufrieron las mismas presiones y acabaron cometiendo similares errores, entre ellos Simon Peres, que arruinó su crédito político al ordenar, unas semanas antes de las elecciones de 1996, la operación 'Uvas de la ira' contra Hezbolá, en el curso de la cual murieron más de doscientos civiles cuando se bombardearon unas instalaciones de las Naciones Unidas.
Aviso para navegantes: no está de más recordar cómo terminó en aquella ocasión la aventura militar israelí: Peres acabó perdiendo las elecciones ante Netanyahu, las tropas fueron forzadas a salir del país del cedro cuatro años más tarde y Hezbolá salió reforzada no sólo ante la comunidad chií, sino también ante la sociedad libanesa en su conjunto. ialvarez@bakeaz.org