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Domingo, 16 de julio de 2006
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ÁLAVA
Entre arqueros y titiriteros
La localidad riojano alavesa de Labraza celebra el 810 aniversario de su Fuero mostrando en sus calles los hábitos de vida en la Edad Media
Entre arqueros y titiriteros
COLOR. Dos malabaristas vestidos como en la Edad Media, en plena actuación. / SERGIO ESPINOSA
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Sus murallas, torreones y estrechas calles evidencian los rasgos medievales que conserva Labraza. Hace ocho siglos, la tensión entre los reinos de Castilla y Navarra hacía necesaria la vigilancia de las fronteras. En esta situación, la localidad riojano alavesa se erigió como un gran bastión defensivo. Fue en esos años (en torno a 1196), en los que Sancho VII, apodado 'el fuerte', concedió el Fuero a la villa.

Para celebrar uno de los días más importantes de su historia, Labraza vivió ayer una vuelta a su pasado más medieval. A primera hora de la mañana se brindó en el monolito por la concesión foral. Y, después, vecinos y visitantes se sumergieron en el mundo de los caballeros y los magos para componer una estampa que parecía sacada directamente de los libros.

A las doce del mediodía se abrió de manera oficial el mercado medieval. Allí se pudo contemplar cómo blanqueaban antiguamente la ropa mediante el calado con cenizas; o de qué forma hacían jabón a partir de aceite de oliva; o con qué maña fabricaban un colchón de lana, trabajos manuales que hoy suenan muy lejanos.

Animación callejera

Además de otros talleres tan típicos de la época, como la forja, la cerámica y las flores, el paseo transcurrió entre titiriteros, malabaristas, brujas y músicos, que contribuyeron a completar el ambiente. Tampoco faltaron a la cita los arqueros, que explicaron sus mejores trucos de precisión a los espectadores que mostraron interés.

En un contexto como éste no podía faltar el banquete medieval, siempre potente y sabroso. Hubo cerdo asado para el público, que aprobó la apetitosa oferta para hacer un pequeño descanso en su trasiego callejero y degustar así la pieza como merecía, con dedicación. Tras el parón, y con ánimos regenerados, pudieron disfrutar, ya por la tarde, de los caballos, que exhibieron su capacidad de obediencia en el espectáculo de doma.

La jornada tocó a su fin con un acto muy de la época: nada menos que un akelarre. Teatral, eso sí. Labraza regresa hoy al presente, aunque erigida ante los ojos de todos como un fidedigno recuerdo del medievo.



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