Tras el varapalo que el Tribunal Supremo ha dado a Bush, obligándole a reconocer los derechos humanos en Guantánamo, un especialista estadounidense ha manifestado su esperanza de que sus con- ciudadanos recobren el valor suficiente para defender su libertad, que incluye la de los demás, sin entregarse a dictados como los de la infame 'Ley Patriótica', y a pánicos tan vergonzosos como los ligados al miedo al ántrax. Ya lo dijo otro estadounidense, Benjamin Franklin: 'Quien renuncie a la libertad por la seguridad, perderá la una y la otra', y lo estamos viendo en el desorden cada día mayor en Irak, el Oriente Medio y en el mundo entero.
Quizá también nosotros, además de criticar con toda razón a los Estados Unidos, podríamos aprender algo de ese triste ejemplo, en vez de escudarnos hipócritamente en él para considerarnos, sin más, mejores. Porque la obsesión por la seguridad que nos inculcó la crisis que culminó en la guerra del 1936 a 1939, y la exaltación del 'orden establecido' por un régimen autoritario basado en recortes de libertades, nos llevó a hacer una transición tan suave y en tantos aspectos casi imperceptible que nuestras libertades reales aún están en muchos ámbitos congeladas.
Sólo treinta años después de la tranquila muerte del dictador nos atrevemos a condenar en el Parlamento, y no solemnemente sino como de pasada, su sangrienta tiranía. Y, a pesar de haber quitado algunas con nocturnidad o con excusas del tipo de que se va a 'remodelar la zona', todavía quedan algunas estatuas públicas de él, por no hablar de las calles y plazas del Generalísimo. Eso sí, tenemos el valor de llamar a nuestra conducta una prudente transición, y ponerla de ejemplo para otros países.