El agua de las piscinas alavesas tiene calidad razonablemente buena. No se trata de agua mineral sin gas, sino clorada y «prácticamente potable», al menos en el caso de las dependientes del municipio vitoriano y según manifiesta el orgulloso director del departamento correspondiente. Pues me alegro, aunque quizá sea algo pretenciosa la autoalabanza del señor Vázquez. ¿Qué más se puede decir cuando las cosas se hacen bien?
Aún así muchos se quejan de que con el cloro se les estropea el pelo o les pican los ojos o que «eso no puede ser bueno para la piel». La otra posibilidad, piénselo, consistiría en introducir su cuerpo serrano en un caldo de cultivo bacteriano que sería asqueroso. Aquí sí que su salud correría peligro. No le escocerían los ojos, sino que se podría pillar una conjuntivitis, pongamos por caso, que temblaría el misterio. Y esta enfermedad sería de las leves. En otras palabras, tener la certeza de que el baño se hace en las mejores condiciones sanitarias conlleva el pequeño inconveniente de la cloración.
Recuerde también que en el mantenimiento higiénico de las piscinas el usuario tiene un papel fundamental. Esto me preocupa, y sé que soy un exagerado, porque me agobia la facilidad actual de muchos hombres jóvenes para comportarse como guarros. Por ejemplo, orinando en cualquier sitio. Pasen, por ejemplo, junto al cantón que se forma entre la pared lateral del frontón y el graderío de la plaza de Los Fueros. Estos meones ¿controlan sus esfínteres en las piscinas?