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Martes, 1 de agosto de 2006
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Beirut vive el espejismo del fin
Beirut vive el espejismo del fin
AFORTUNADOS. Hassan, Rabad e Ibahim Salhub. / M. AYESTARAN
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Ni compras apresuradas de provisiones, ni intercambio de divisas para hacerse con unos dólares como sea, ni frenesí por la adquisición masiva de teléfonos móviles. Ni tampoco furia de hombres y mujeres desesperados rompiendo a golpes los escaparates de la sede de Naciones Unidas para desgarrarse dentro a dolor por las muertes de Qana. La céntrica calle de Hamra, algo así como la comercial Preciados de Madrid, vibraba ayer de normalidad serena, de tiendas en rebajas repletas de mujeres, de restaurantes abiertos y de cibercafés de par en par en pleno corazón de Beirut. Y también el Down Town, escenario de las protestas de la jornada anterior.

Nada que ver con el paisaje fantasmal de la capital de Líbano de hace quince días, en el que algunos ratos se barruntaban los bombardeos, mientras que otros, se oían nítidamente golpear en el sur.

Beirut inventó ayer el feliz espejismo de la normalidad, del término de las confrontaciones, a cuenta de la anunciada suspensión de los bombardeos durante 48 horas por parte del Ejército de Israel. Prueba de que hay ganas deliberadas y locas de que todo vuelva a su ser, pero también de que es automático acostumbrarse a la vida sin sobresaltos y tan imposible habituarse, aunque hayan pasado ya veinte días, a otra guerra. Cosa difícil, de todos modos, en el sur de la ciudad, donde poco lugar dejan al ensueño de un final feliz los edificios humeantes todavía por la explosión de los misiles.

Una hora de espera

Por no haber, ni el paso fronterizo de Al-Areeda -la única salida por tierra posible desde el norte de Líbano hacia Siria tras la destrucción de las carreteras que llevaban a los de Masnáa y Homs- parecía ayer la vía de escape por la que merece la pena jugarse la vida, como era estos días atrás.

Nada de seis horas de espera en los puestos de uno y otro país, más bien una si se es local y casi dos si se es extranjero, pero por aquello de ese trabajo como a cámara lenta que se traen los funcionarios árabes. Y por primera vez en veinte días, como si no pasara nada: 48 horas de espejismo de vida tranquila. Hasta las dos de la madrugada de hoy, promesa falsa de normalidad.



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