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Martes, 1 de agosto de 2006
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Un maestro de las sensaciones
Un maestro de las sensaciones
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Pero no son ellos la presencia que siento, ni tampoco son los árboles, ni las flores primaverales que salpican la cuesta, ni la gran iluminación que inunda cielo, nada de esto es la gran presencia que siento, y que me hace subir jadeante y tropezando, igual que el hombre que acaba de encontrar su gran amor.

Un día, en una ciudad, en el centro de Europa, caminando bajo las ramas de los castaños, tuve de pronto una curiosa sensación que a partir de entonces comencé a definir como sensación «de techo». Debió de ser en Suiza, en la parte germana de Suiza, o quizá en Austria. No eran sólo las ramas de los castaños lo que se cruzaba armoniosamente, caóticamente sobre mi cabeza: también los cables del tranvía, o del trolebús, no recuerdo exactamente. El hecho es que había muchas cosas en el cielo: cables, junturas de cables en los cruces de las calles, las ramas de los castaños entrelazándose sobre las aceras y sobre los bulevares, los vuelos cruzados de los pájaros, las noticias, los cablegramas, las nubes, los itinerarios de las líneas aéreas, las radiaciones de la televisión, las oriflamas de los edificios públicos, y todo eso se unía en la sensación de «techo».

Otra sensación, ésta más difícil de definir, es la de un sabor invisible. Solía sorprenderme en verano, en los lugares en que solíamos pasar las vacaciones. Era entonces, volviendo del mar, o también por la mañana, cuando nos dirigíamos a la playa, o a la gran piscina cuyas escintilaciones nos aguardaban al otro lado de un espeso muro de laurel, cuando me invadía la sensación de un sabor imposible, un sabor delicioso pero indefinible. Yo lo llamaba «el sabor invisible». No era nada que yo sintiera realmente en la boca aunque, sin duda, era un sabor. Y sentir ese sabor, la posibilidad de ese sabor, me producía un placer indescriptible.

La presencia, el techo, el sabor invisible. Hace unas semanas, sin ir más lejos, tuve una sensación también, una de esas a las que, por alguna razón, yo pongo nombre. Acabo de ducharme, cierro el grifo, descorro la cortina para salir de la bañera y entonces, cuando paso una pierna y apoyo el pie en la alfombrilla del otro lado, siento que éste es, en realidad, el principio de mi vida, que acabo de aparecer en esta dimensión (adulto, con una memoria llena de recuerdos, desnudo, saliendo de la ducha), que apoyar el pie sobre la alfombrilla es la primera acción real de mi nueva existencia física y que todo lo demás que recuerdo no son más que memorias acumuladas en el cerebro, ya que el mundo entero acaba de empezar a existir en este instante. Miro a mi alrededor. El espejo está cubierto de vaho, pero al limpiarlo con la mano me devuelve el rostro que conozco. Entreabro la ventana y veo los árboles del jardín, unos rosales y el grito de un mirlo que cruza por lo alto. También el mirlo acaba de aparecer de pronto en mitad del aire y éste es el primer grito de mirlo de la historia, y las rosas son las primeras rosas, la primera vez que la luz del sol golpea sobre unas rosas. A esta sensación la llamo «comienza el mundo».

Hay muchas otras sensaciones. Algunas son muy extrañas: por ejemplo, cuando era niño, tenía la total certidumbre de que las puertas sabían perfectamente de mí. Cuando me acercaba a una puerta para abrirla sentía la impaciencia de la puerta, su temblor al saber que pronto mi mano la rozaría. Con la edad adulta, las sensaciones se han hecho más dispersas, menos intensas, pero todavía hoy sigo sintiendo, por ejemplo, que en la plaza que está cerca de la casa donde vivo hay una gran puerta, como un arco del triunfo, aunque ahí no hay ninguna puerta, y a veces, por ejemplo, cuando como cerezas en verano, siento como si estuviera buscando una cereza especial, con un sabor especial que yo conozco, y me descubro a mí mismo comiendo cerezas con una cierta ansiedad, como buscando ese sabor de la cereza perfecta que comí un día. Pero ¿qué es todo esto? ¿Es normal? ¿Le suceden a todo el mundo cosas así?

He conocido a un maestro de las sensaciones. Fue hace unos días, en un café. Estábamos un grupo de amigos charlando, y él estaba solo, sentado en una mesa redonda, con un café y una copa de coñac. Y él me miraba, escuchaba lo que yo decía y sonreía. Era un hombre mayor, calvo, con grandes bigotes, vestido con chaqueta cruzada y con corbata. Sin saber cómo, me puse a hablar con él. Me explicó que él solía estar en aquel café todas las tardes de siete a diez, y he visto que, aunque siempre está solo, hay muchas personas que se acercan a charlar con él o, mejor dicho, a consultarle. Ignoro si los demás le preguntan por los mismos temas que me obsesionan a mí, pero tampoco me interesa saberlo. Yo le llamo «un maestro de las sensaciones».

-Es normal lo que te pasa- me dijo la primera vez que hablamos-.Todas tus sensaciones tienen una explicación. Esas cosas le pasan a todo el mundo, pero casi nadie le da importancia.

-Es la forma en que funciona nuestro cerebro, entonces- dije yo, algo aliviado.

-Todo lo que te pasa tiene una explicación- insistió él, ya que no solía contestar directamente a las preguntas-. Lo que tú llamas el sabor invisible, por ejemplo.

-¿Qué es ese sabor? ¿Usted lo conoce?

-Claro -me dijo-. Ése es el sabor de la infancia. Es el sabor de tener un cuerpo y ser un niño.

-¿Y las otras?- pregunté.

-Son fáciles de explicar- me contestó el maestro de las sensaciones-. Cuando sientes que las puertas están vivas es porque están realmente vivas. Todas las cosas que tienen forma tienen una especie de conciencia. Las puertas, por ejemplo, no tienen recuerdos ni emociones como nosotros y no están 'vivas' en ese sentido, pero tienen un propósito: eso es lo que tú sientes al ver una puerta, que tiene un propósito. El gran arco que sientes en la plaza lo has construido tú, con tu imaginación, como homenaje a la ciudad que amas. En cuanto a la búsqueda de la cereza perfecta, no es más que nerviosismo. Tu ansiedad nos está diciendo, quizá, que buscas inútilmente algo que ya tienes. Más interesantes son las otras sensaciones. La sensación del techo, por ejemplo. También tiene una explicación. Es la sensación de Europa. Es la sensación de la historia y de la cultura que te protege. Y en cuanto a la presencia que sentías al subir por la cuesta... Esa es la más fácil. Esa presencia que sentías eras tú mismo.

-¿Yo?

-Sí, tú. De pronto, te dabas cuenta de que tú estabas allí.

-Se ha olvidado usted de una sensación: la sensación de que 'comienza el mundo'.

-Esa es la única que no es una sensación - me dijo el maestro de las sensaciones-. El mundo comienza realmente así.

-Entonces el mundo tiene sólo unas pocas semanas de existencia- digo yo.

-En efecto- me dice él-. El mundo sólo es real cuando tú eres real.



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