Agosto es el mes en el que los seres humanos hacemos todo lo que teníamos aparcado durante los once meses anteriores. Por eso es el mes del intensivo. Los hay que se llevan siete libros a Cancún para una semana, cuando el último que leyeron fue La Tía Tula en tiempos de la difunta peseta, y por obligación. A la vuelta de vacaciones, «Los pilares de la Tierra» sólo han servido de almohada en una playa del Caribe.
Hablando de playas, cuanto más nos dicen lo malo que es tomar el sol, más horas de tumbona metemos. Tengo una amiga que parece Condoleezza Rice, pero con los dientes más amarillos. Lleva desde el día de San Juan encajonada en una hamaca contando parapentes. Es lo que tiene ir a piñón fijo. A otros, sin embargo, les da por los idiomas y se meten en un intensivo de cinco horas diarias. Ya hay que echarle valor para memorizar los tiempos verbales en alemán a treinta y cinco grados a la sombra. Además, que nadie se llame a engaño, o se tiene don para el idioma o dejémonos de gaitas. Y si no, ¿de qué sabía la Igartiburu cinco idiomas a los dieciocho años? Yo sigo con mi castellano de a pie, para hablarles ahora de los intensivos que nos vienen sin buscarlos: los hijos. A estas alturas de verano, ya no se sabe qué hacer con ellos. Tras haberlos mandado una semana de campamento a Estella y otra a casa de sus primos de Ezcaray, ya no sabes dónde apuntarlos para tenerlos lejos de casa. Menos mal no te los cogen en las Fuerzas Armadas, que si no los tenías pilotando submarinos todo el verano junto a un ruso jubilado. Aunque a decir verdad, no sé si soy el más indicado para hablar de actividades intensivas. ¿Han probado alguna vez a oír doscientos chistes al día en pleno mes de agosto? Pues nada, les dejo, que tengo fuera de la caravana a un señor de Navalcarnero que viene a contarme una ristra de ellos. Ahora me explico por qué el gran Gila terminó hablando solo con un teléfono. Por comentarlo.