De poco suelen servir las palabras cuando de expresar sentimientos se trata. Por ello, pese a acumular sobre sus espaldas más de dos décadas ininterrumpidas como partícipe del Rosario de la Aurora, al historiador Javier Soto le cuesta todavía «un mundo» describir lo que siente al paso de la imagen de La Blanca. «Es la esencia de la fiesta, un momento íntimo de recogimiento que da sentido a todo lo demás», acierta a explicar.
Para Javier y para todo vitoriano que vive desde la fe esta manifestación «única» de devoción a la Virgen hay un momento mágico e incomparable. Es el momento en que la talla de La Blanca se queda algo más sola en la calle Diputación, rodeada de su guardia pretoriana de blusas. Los miles de devotos, en torno a 25.000, han aligerado el paso para coger sitio en la plaza, mientras los primeros rayos de sol comienzan a ahuyentar a quienes apuran los últimos sorbos de la marcha nocturna.
Los txistularis arrancan con las notas de 'Ya vienen los blusas' y la imagen de la patrona es introducida a hombros en la plaza por los representantes de las cuadrillas. Un aplauso limpio, sentido, profundo rompe el alba. «Se me ponen los pelos de punta. Es una emoción que, aunque se repita año tras año, se mantiene siempre viva», confesaba emocionado Agapito, de la cuadrilla Gasteiztarrak. Los rostros sobrecogidos de los fieles, algo aturdidos todavía por el madrugón, ponen cara a esta afirmación del vitorianismo que arrancaba a las siete en punto de la mañana desde la iglesia de San Miguel.
A esa hora, la pequeña talla de Santo Domingo de Guzmán, inventor del Rosario, era sacada en andas de la parroquia para iniciar la marcha. En la cuesta de San Vicente, Aitziber Martín, tesorera de Los Desiguales, fue la primera en ofrecer a la Virgen un hermoso ramo de flores con la firma de la cuadrilla. «Es nuestro pequeño homenaje a la patrona», recalcan Aritz Martín, Joxean Ibisate y David Izquierdo.
Flores a la Virgen
No fue el único. Como reza la tradición, también las sociedades gastronómicas fueron arropando con flores a la Virgen a su paso por diferentes puntos del recorrido. El último en hacerlo, frente al palacio de la Diputación, fue José Luis Martínez, de Arabarrak. Como todos los años, desde que el rosario es rosario, y siempre en el mismo lugar. «Los vitorianos queremos mucho a nuestra patrona y ésta es la forma más bonita de demostrárselo», comentaba este devoto.
Poco antes, y tras haber dejado atrás la algarabía de un Casco Viejo sumergido aún en los ritmos embriagadores de la jarana festiva, tenía lugar otro de los actos más entrañables del recorrido. En la Fuente de los Patos, 'Los Silenciosos' volvieron a demostrar que los blusas también llevan a La Blanca en el corazón. Y lo hicieron con flores. Con un enorme ramo con firma de la peña Los Álava y bajo la emoción contenida de la fiesta más sentida. En la escalinata de San Miguel le esperaba una novedosa y llamativa lluvia de confeti blanco y plateado.