Se llaman escuadra, filá (con tilde) o comparsa cada grupo de ya sean cristianos o moros que desfilan y ritualmente pelean en las fiestas levantinas. Ayer -y hoy por la mañana- pasean por las calles vitorianas por primera vez. Un éxito sin discusión, un espectáculo precioso en el que intervienen más de cien personas y eso que parecen pocos.
Ginés Pérez Beltrán, presidente de la Federación Alicantina de Moros y Cristianos, explicaba ayer que aquí sólo han traído a dos arcabuceros «porque no estáis acostumbrados al ruido». Menos mal que sólo eran dos, porque parecían valer por muchos más. Cada estallido podía romper los tímpanos en cinco metros a la redonda y provocaba la puesta en marcha de multitud de alarmas. Era espectacular. «Imagina -apuntaba Pérez Beltrán- lo que es un desfile con sesenta arcabuceros disparando a la vez». Demasiado.
Uno se hace moro o cristiano por tradición familiar, porque le guste más un traje que otro o porque aprecie más la música que acompaña a una comparsa que a otra, dice el presidente de la federación. Y desfilan los dos sexos, «salvo en Alcoy, donde no se admiten mujeres en las escuadras, aunque sí como abanderadas o cantineras: hay mucha polémica allí, porque reivindican su derecho a salir como los hombres».
Percusión rodante
Los uniformes de chicas y chicos de cualquier religión que forman esta apoteosis de barroquismo levantino merecen un comentario específico. Suponen el sueño de cualquiera con alma de niño aficionado a los disfraces, una auténtica maravilla. Totalmente fascinado, el blusa diminuto preguntaba con los ojos fijos en las espadas: «¿Ama! ¿Son de verdad?»
Claro que los estupendos vestidos tienen su inconveniente. «Un traje sencillo sale por unos 2.000 ó 3.000 euros y los de las abanderadas llegan a los 9.000 e incluso los 12.000», dice Pérez Beltrán.
Pasaban cristianos y moros más el otro componente esencial, la música. Cada escuadra estaba acompañada por su correspondiente banda, donde la percusión desempeña un papel fundamental. Sobre todo entre las hordas moriscas, donde la espectacularidad del sonido de los parches era tan potente que casi hace inaudible al resto de la banda.
Se trata de una percusión rodante, donde un propio tira de una especie de carrito sobre el que están colocados los timbales; otro, de un bombo de gran orquesta sinfónica, esto es, de los que tienen casi metro y medio de diámetro; y el tercer artilugio porta un gong. Además, la banda está acompañada por su grupo rítmico convencional: bombo, platillos y caja. Todos juntos proporcionaban un sustrato sonoro de varios miles de decibelios para el desfile de los muy encantados moros. A destacar el timbalero, un atleta de su instrumento, pero tampoco era manco el del enorme bombo.
Eso sí, cuenta Ginés Pérez Beltrán que «siempre ganan los cristianos» y que, cosas de los tiempos, «lo de desfilar con el puro en la boca casi ha desaparecido».