El Correo Digital
Lunes, 7 de agosto de 2006
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SEGUNDA DE FERIA
Manzanares se pelea
Manzanares se pelea
JOSÉ MARÍA MANZANARES, que lo intentó con todas sus fuerzas, con su primer toro. / IOSU ONANDIA
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LA CORRIDA
Seis toros de José Luis Osborne. Corrida de desigual remate, terciada, en tipo. Baja de casta, sin fijeza ni fuerza, rajada, fue muy deslucida. El cuarto, sin meter los riñones, se empleó más que los otros. El tercero, rebotado y muy obligado, se dejó algo. No dio ningún juego ninguno de los restantes. El quinto, desmadejado, claudicó muchas veces.

Finito de Córdoba, de carmín y oro, silencio y silencio tras un aviso. Matías Tejela, de azul ultramar y oro, silencio en los dos. José María Manzanares, de azul índigo y oro, silencio tras un aviso y aplausos.

Vitoria. 2ª de feria: Menos de media plaza. Soleado, templado, bueno. Destempladas e inoportunas, las charangas desvirtuaron y enrarecieron el ambiente. Durante la lidia del cuarto, una cuadrilla de blusas de la grada regó intencionadamente de bebida a los espectadores del tendido inmediatamente debajo. Dos o tres decenas de éstos subieron en busca de los agresores, pero se apaciguaron de golpe los ánimos.

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La corrida de Osborne tuvo buenas hechuras. El cuarto, estrechito y largo, fue muy hermoso toro. Y también el tercero, de amplia culata, pasado de carnes. Armada, cuajadita, bien cortada corrida. Pero floja, alarmantemente baja de raza, falta de fijeza, venida abajo. Muy deslucida. Más descastada que mansa, mucho más mansa que brava. Un balance para quitar el sueño al ganadero. A los toreros no les creó problemas propiamente. Por arriesgar en serio Manzanares, que se empeñó no sin éxito en obligar y forzar a los dos de su lote, se encontró dos o tres veces los pitones en el pecho o en el cuello. El sexto de corrida, además, terminó pegando cabezazos para defenderse, o para quitarse de encima al torero y sacudirse el engaño.

El torero era Manzanares, naturalmente. Un Manzanares de distinguida actitud. Al ataque, muy por encima de las circunstancias y tan sobrado de recursos e ideas que hasta el tercero de corrida, ni mejor ni peor que los demás, llegó a parecer en un momento dado toro de voluntad. Y no. Barbeó tablas de salida, tomó por los vuelos el capote de Manzanares en lances columpiados, cobró sin enterarse un puyazo leve. Se paró distraído en banderillas, se abrió de manos, claudicó un par de veces, estaba rendido antes de empezar a trabajar.

Pero a Manzanares le había gustado el toro y, aunque lo oyó mugir en los primeros viajes, lo metió en la muleta enseguida, lo trajo por abajo, lo llevó hasta donde pudo el toro, que no sería muy largo porque no había fuelle. Una tanda con la izquierda, resuelta y medida, ligada en un palmo; y otra con la derecha, de más habilidad que fondo, librada al hilo del pitón pero bien enroscada. Después de lo cual, el toro tomó la cuesta abajo: se puso a gatear un poco, a rebotarse y rebrincarse, y a pensárselo.

Como Manzanares se empecinó en provocarlo, en robarle pases con sacacorchos o a tenaza, como si le sacara una muela, el toro no tuvo más remedio, pero sin regalar nada. Medias arrancadas, sólo medios viajes. La porfía fue buena. Primero, porque fue de verdad; luego, porque sorprendió por rico el repertorio técnico de Manzanares; y en fin, porque en los lances más rematados se embraguetó en serio el torero. Se viene hablando mucho de sus dos tardes de junio en Alicante y de su al parecer antológica faena de sólo el pasado viernes en Huelva, y, en fin, esta asomada de cresta fue relevante.

Pero a ese tercer toro con el que tan generosamente se empleó lo mató de estocada tendenciosa y contraria, sonó un aviso, hubo que usar el descabello dos veces y apenas quedó reconocimiento para tanto empeño. La tabarra de las charangas, todavía más ajenas de lo habitual a cuanto pasaba en el ruedo, puso mucho de su parte para que no llegara a calentar la faena. Y el toro, naturalmente. Que pareció mucho más de lo que fue.

Caso parecido fue el del cuarto de corrida, más entero que los otros. Con más movilidad, más descolgadito por la mano derecha. No que fuera bravo ni metiera los riñones ni empujara de verdad. Embestía en el fondo como a tirones, y sólo por la mano derecha. Por la izquierda se indispuso y le lanzó a Finito un gancho a la mandíbula. Feroz cabezazo. Lo que el toro tuvo de viaje sostenido lo supo ver, aprovechar y lucir Finito en dos tandas de buen dibujo, templadas, con acento clásico, excelente composición. Esos muletazos tuvieron más eco y calado que cualquier otro momento de la corrida. A pesar de que, mientras Finito se entretenía, se habían abierto hostilidades entre una peña de blusas de una grada y los espectadores del tendido de abajo, a quienes arrojaban restos de comida y bebida. Finito no pasó con la espada, pinchó dos veces antes de agarrar una estocada habilidosa, cumplió tiempo para un aviso y no hubo premio.

El primero de corrida, que sangró mucho en puyazo único, se fue a tablas en cuanto vio un hueco y acabó rajado del todo. Finito le dio aire y puerta. Una desafinada charanga tenía ya tomada para entonces la plaza. El segundo se encogió, se resistió, se defendió frenado, repuso de manso por las dos manos y acabó rajado con descaro. Tejela le anduvo seguro y firme. El quinto, escobillado y mal coordinado, gazapeó, echó la cara arriba a mitad de embroque. Imposible. Tejela se armó de paciencia. Al sexto Manzanares le dio toda clase de ventajas: se lo sacó a los medios, se fue a buscarlo e las tablas, le dio sitio por las dos manos y en todo terreno. Punteó el toro, se revolvió, sólo quería irse. No hubo manera.



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