Tres toros de muy buena nota  TRIUNFADOR. El diestro Salvador Cortés luce las dos orejas que cortó a su primero. / EDUARDO ARGOTE | | Imprimir Enviar | | | LA CORRIDA | Cinco toros de María de Carmen Camacho, desiguales de remate y condición, y uno de Albarreal, que hizo tercero, acapachado, bien hecho, apenas picado, de muy notable bondad y gran juego. De los cinco camachos, segundo y cuarto, casi idénticos de estampa y pinta, fueron los mejores. El cuarto, de soberbio son; el segundo, muy noble. El primero, grandullón y de cuajo, se desangró y paró; el quinto, ensillado y engatillado, no descolgó, topó un poco; el sexto manseó de querer irse y protestó con genio.
Rivera Ordóñez, de violeta y oro, pitos y vuelta al ruedo tras un aviso. El Cid, de carmín y oro, oreja y silencio. Salvador Cortés, de fucsia y oro, dos orejas y silencio. Puerta grande. Cortés sustituía a Manuel Díaz, El Cordobés, baja por enfermedad.
Vitoria. 3ª de feria: Soleado, estival pero fresco, algo de viento. Más de media plaza. Al término del paseo, las cuadrillas, destocadas, guardaron un minuto de silencio en memoria del picador Fernando Moreno, muerto en accidente de carretera en la noche del pasado lunes. No se apercibió de la intención del minuto de silencio y la gente lo guardó pero sin ponerse de pie. | |
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Embistieron bien y mucho tres toros: dos de Mary Camacho y uno de Albarreal que completaba corrida. Los dos de Camacho eran parecidos. Serían seguramente de la misma reata. De nombres sin parentesco pero de estilo, hechuras, fondo y empleo semejantes. Chistoso se llamaba el segundo. Ermitaño, el cuarto. Los dos, cárdenos. El cuarto, tan claro, que daba más por ensabanado que por cárdeno. Ligeramente calzado, moteado como si se hubieran difuminado las pintas sobre un pellejo blanco como de raso, teñido el hocico, algo machadas las orejas, ojalado. Muy corto de manos, largo, musculado, acodado de astas. El segundo tuvo más alzada y más caja, pero no mucha más caña. Era más corto. Afiladito de pitones. Los dos, con muchos y muy buenos pies. El segundo, de alegría revuelta. El cuarto, de precioso galope felino, reunido y vivo.
Para El Cid fue el cardenito de la alegría revoltosa, más picante y encastada cuando el toro tuvo que definirse y pelear. Para Rivera Ordóñez el hermoso cuarto que fue de cabo a rabo todo clase y sólo clase. Elástica y seria docilidad, largos viajes por las dos manos. Al toro bueno de estirpe y procedencia Núñez, que es la sangre base de la ganadería de Camacho, se le atribuye como virtud distintiva 'un tranco más'. Ese tranco de propina lo tuvo el bello cuarto. Además de tranco y galope, pronta viveza nada común. No dio ni los 500 kilos. Pero no estaba ni vareado ni flaco. Noble fue con ganas. El segundo, con su brava manera, no tuvo tan boyante frescura. Sí clase y fondo: potencia en el caballo, donde apretó echando algo arriba la cara. Luego de dolerse en banderillas, descolgó. Llegó a claudicar una vez. Pero sacó la casta, que era lo que se presentía desde el primer asalto y lo que hubo hasta el final.
De manera que, dentro de las semejanzas, dos toros tan notables respiraron de distinta forma. A los dos se les ovacionó con fuerza en el arrastre. Al toro de Albarreal lo aplaudieron también a modo. Con razones de menos peso. Bondad tuvo ese toro toda. En tipo y carácter sacó el son de los llamados toros artistas del mayor de los hermanos Domecq Solís. Muy 'juampedro ese toro, que se cambió con sólo un rasponazo que no hizo ni sangre. Una sangría mínima lo habría dejado para el arrastre anticipadamente. Tan pastueña bondad no fue mero merengue y sólo merengue. Embistió como los toros y no como las ovejas. Para Salvador Cortés fue toro de tan dulce paladar. Salvador había entrado en el cartel como sustituto de El Cordobés Díaz.
Ambiciosa faena
Con los tres toros de gracia triunfaron a su manera los tres toreros. Rivera estuvo a punto de cortarle las orejas al cuarto, pero no se animó con la espada a pasar en serio hasta el cuarto viaje. El Cid le cortó por los pelos una al cardenito encastado. Cortés, las dos y cumplidamente al excelente vástago de origen Juan Pedro. Cortés se templó de maravilla con el toro de merengue, que acusaba el menor tirón y se resentía si no lo llevaban a pulso. A pulso fue la hermosa, ambiciosa, refinada faena de Salvador. Ligazón, buen gusto. Un exceso, porque sobraron dos tandas, una por cada mano, que bien, que vale, pero estaban de más. Rivera, seguro de sí mismo, le puso a lo que hizo un sello de personalidad y descaro, aflamencado desparpajo. En juego puso también sus muchos recursos de torero curtido: el toque preciso para enganchar por fuera y rematar hacia dentro, el clásico acento de ligar sin perder pasos, el cimbreo de cintura al torear con la izquierda con gusto, la imaginación de desplantes, molinetes improvisados y pases cambiados a pies juntos y mirando al tendido. Tuvo eco en la gente la faena. El Cid no terminó de encajarse con el segundo, pero le tragó enseguida. Sin continuidad, pero hubo toreo nada sencillo: de abajo arriba para sostener el empuje del toro, pero reenganchando al toro en las salidas por el hocico. Abriendo al toro también, sin estrechuras. Por la mano derecha no quiso tanto el toro. Ni El Cid. Los otros tres toros fueron otra película: el primero se desangró tras puyazo en parte sensible y se plantó en seco. El quinto, ensillado y engatilladito, no se avino al planteamiento cuerpo a cuerpo de El Cid, que no procedía; y el sexto, inmensa mole, sacó instinto de irse y defenderse. Pese a llamarse Guitarrista y ser de la reata de los músicos, la mejor en encastes Nú-ñez. Garbanzo negro esta guitarra. Fácil con el toro Salvador Cortés.
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