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Miércoles, 9 de agosto de 2006
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ÁLAVA
Como una patena
EL CORREO acompaña a una trabajadora de FCC en su labor de dejar impolutas las calles tras la juerga nocturna
Como una patena
Los envases de todo tipo se acumulan por la ciudad. / JOSÉ MONTES
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Cierto es que no es más limpio el que más limpia, sino el que menos ensucia. Pero, cierto es también que esta máxima se antoja difícil de cumplir durante las fiestas de La Blanca. Por ello, 280 operarios y 69 vehículos de FCC -la empresa que acaba de tomar el relevo a Cespa en la limpieza de la ciudad- se afanan cada día para dejar impolutas las calles de la ciudad, indecorosas tras la fiesta festiva. La tarea es para nota. El examen lo pasan con sobresaliente.

No ha hecho ni amanecer en Vitoria cuando Izaskun Gonzalo y el resto de sus compañeros arrancan sus máquinas barredoras, aspiradoras y de baldeo. Son las seis de la mañana y la ciudad empieza a necesitar un lavado de cara urgente. En las calles del Casco Viejo, sin embargo, cientos de jóvenes apuran aún los últimos sorbos de la cuarta noche de La Blanca. Acceder a Cuchillería, por ejemplo, es imposible, y las máquinas deciden dar tregua a los noctámbulos hasta que el día comience a clarear.

Pero no pierden el tiempo. Las consecuencias de la marcha nocturna son más que evidentes en otros puntos de la ciudad -la Cuesta de San Francisco, Portal del Rey, Mateo de Moraza, la calle Prado o la plaza de la Virgen Blanca- y los cepillos comienzan a girar. Katxis, cascos de botellas, vasos, garrafas o paquetes de tabaco vacíos se acumulan en cadena a lo largo de bordillos y aceras. Los brazos articulados de los vehículos especiales no tienen piedad y lo aspiran todo. «Las máquinas son una pasada, se llevan todo lo que pillan por delante», certifica Izaskun.

Su destreza al volante hace el resto. Y es que, aunque apenas ha tenido una semana para familiarizarse con el nuevo vehículo, lo maneja con una pericia admirable. Sus más de tres años de experiencia la delatan. La única dificultad le llega cuando, al filo de las ocho de la mañana, se adentra en la calle Cuchillería. «Este primer tramo es el peor», avisa. Antes de terminar la frase, el comportamiento de quienes, katxi en mano, ocupan aún la calle corrobora su advertencia.

Hacia la Brullería

«Amanece y quedan los peores», se lamenta con resignación, mientras sortea como puede a quienes parecen empeñados en conseguir gratis un lavado de zapatillas. Armada de paciencia, Izaskun consigue llegar hasta el cantón de San Francisco Javier. De ahí, a la plaza de la Brullería. El panorama en el epicentro del botellón vitoriano es desolador. «Esta plaza es malísima de limpiar, no sólo por la gran cantidad de residuos, sino porque se quedan muchos restos entre los adoquines», explica. El remedio es echar mano del tradicional método del escobón.

Barrancal y San Vicente de Paúl son sus siguientes objetivos, antes de abandonar el Casco Viejo para dirigirse a las txosnas, tapizado a las nueve de la mañana por una tupida alfombra de katxis, y más katxis, botellas y más botellas. «Esto no es nada. El domingo estaba que daba miedo», se consuela Izaskun.

Se nota que las fiestas llegan a su fin y que el espíritu está a medio gas. Dos jornadas más e Izaskun, como la ciudad, regresará a la normalidad. A la normalidad de una ciudad siempre limpia.



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