OPCIÓN B
Uno llega a convertirse en apoderado por dos caminos: por dinastía o porque has estado metido en el mundo taurino», explica Diego Robles. Este andaluz de Sanlúcar de Barrameda se hizo representante de toreros tras una carrera larga, pero sin demasiado brillo como novillero. La vocación golpeó con fuerza cuando tenía quince o dieciséis años. En su casa no hizo gracia. Ninguna. Tanto es así que su padre lo puso a trabajar de pintor, de electricista, de dependiente de ultramarinos para que se olvidara de dar capotazos. No hubo manera.
Debutó con su primer novillo el «día de los inocentes del 68», ríe. Pese a la guasa del calendario, recuerda aquella tarde como «lo más grande». Dos años después se estrenaba con caballos, pero nunca terminó de «coger el vuelo». «No era muy arrojado, sino más bien medroso», admite.
Aun así, el maestro Paco Ojeda lo fichó como su mozo de espadas. «Viví su explosión y su retirada definitiva de los ruedos, en 1988». Para él también se acabaron las tardes en el albero. Decidió reciclarse en apoderado, algo así como representante, psicólogo y padre de toreros, «todo junto», sonríe. Lo ha sido para El Litri, El Tato, Pepín Liria y Dávila Miura, entre otros.
Ahora dirige la carrera del matador con patillas, Juan José Padilla, alias, el 'ciclón de Jerez', un torbellino de temperamento dentro y fuera de los cosos. «¿Un secreto de Padilla? Le gusta ponerse flamenco en la habitación antes de salir para la plaza. Sobre todo, bulerías. Le ayuda a olvidarse del toro», revela. OPCIÓN A
Antonio Villarcayo no tiene ningún vínculo con las fiestas. Tampoco le interesan. Está de paso. A Vitoria, ciudad que conoce «por encima», le ha traído un taller, Moncal, en la Avenida de Estíbaliz, uno de los pocos por estos lares que repara coches clásicos. Incluidos británicos y americanos.
Este hombre menudo y enjuto, propietario de un concesionario de la marca Mercedes en Burgos, no viaja solo. En el garaje del céntrico hotel donde se aloja tiene aparcado un espectacular Buick blanco convertible, del 76, con el interior rematado en cuero granate. Un sueño. Lo localizó por Internet y lo compró el lunes pasado a un particular de Reus. 19.000 euros en metálico, 1.500 menos de lo que pedía su anterior dueño. Después de rodarlo algo más de 600 kilómetros con tres paradas para dar de beber a los voraces ocho cilindros made in USA, quiere que su amigo, Nacho Calzada -uno de los dueños de Moncal-, le haga una «revisión de confianza».
No es el primer 'paciente' de estas características que ha llevado hasta el experto 'quirófano' de Judimendi. Antonio tiene a su nombre otros dos Buick, un Eight Sedan del 51, en negro, y un Le Sabre, del 60, en rojo. «Son mi pasión. Los Cadillac tiene nombre, pero los Buick el mejor motor y una carrocería impecable. Ningún coche suena ni parecido», sentencia el coleccionista.
No participa en rallies de vehículos clásicos ni en competiciones. Antonio no necesita que na-die le certifique sus tesoros. Sabe que lo son. «Aunque requieren mucho mimo, conducirlos es el mayor placer», enfatiza.