Entre las actividades infantiles del parque de El Prado ayer al mediodía estaba programada una sesión de aerobic infantil. Puntual, sube la monitora al tablado y frente a ella se disponen sólo ocho niñas, una de ellas muy, pero muy pequeña. Para hacer algo de bulto, se añade durante un rato uno de los encargados del funcionamiento del asunto, un joven. «Vamos a empezar con un poco de calentamiento. Subo, subo, lado, lado, alante», dice la chica moviendo así los brazos.
Pero el ruido de la música o la voz de la catedrática aeróbica actuaron de inmediato como un imán para los humanos de los alrededores. Muy pronto, el espacio se llenó de niñas y de alguna mamá con ganas de hacer ejercicio. Los padres, por su parte, se dedicaban más al arte de la fotografía o el vídeo. Los niños prefirieron otras actividades.
Al principio, cuando ya la participación es nutrida, la cosa no funciona bien. Las criaturas no han captado todavía la esencia del movimiento gimnástico al ritmo de la musiquilla. La maestra insiste, sin perder el ritmo: «Ánimo. A esto hay que meterle gracia, como a todo». Pronto, la mayoría de las niñas mejora con gran rapidez en la forma de seguir el ritmo de la melodía e imitar los movimientos de la monitora.
Lo que puede parecer más curioso a los ojos del observador más sedentario es que disfrutan. Les gusta. Una chavalita de no más de doce años no sólo baila y se mueve con considerable gracia, sino que lo hace con una sonrisa que le llega hasta detrás de los lóbulos de las orejas. Las más pequeñinas hacen lo que pueden, pero no se rinden y consiguen intentar seguir la coreografía. Pero la cosa está destinada a las que son un poco más mayores. Y cuando las movimientos coreografiados salen razonablemente conjuntados, la jefa del cotarro aumenta el ritmo de la música. Hay que hacerlo todo más deprisa. Y lo consiguen y lo hacen bien y no se cansan. Es el aguante de los pocos años: lo bien que dormirán.