 PADILLA, que falló a espadas, banderillea al violín al segundo toro de su lote. / EDUARDO ARGOTE |
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| LA CORRIDA |
Seis toros de Partido de Resina (José Luis Algora), antes Pablo Romero. El primero, lidiado de sobrero. Corrida de formidable tamaño pero razonable de proporciones. El sobrero, desmesurado tanque de 700 kilos, se salió de tamaño y tipo, y fue, además, incapaz de moverse. Salieron muy descastados todos salvo el cuarto, que tuvo cierta agresividad, ganas de atacar y picante. Pero no el estilo del pablorromero clásico. El quinto fue el de más manso fondo. El sexto, listo peor incierto. Muy distraído el segundo, topón el tercero. De muy mala nota la corrida entera, que no dio juego alguno.
Juan José Padilla, de flor de azahar y plata, silencio y silencio tras un aviso. Antonio Barrera, de carmesí y oro, silencio y silencio tras un aviso. Fernando Cruz, de añil y oro viejo, silencio tras aviso en los dos.
Vitoria. 4ª de feria: Fresco y destemplado a medida que avanzó el festejo. Soleado, algo ventoso. Un cuarto de plaza. El piso, menos compactado que en días previos, fue regado en el intermedio de corrida. |
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Espectáculo desolador. Su fondo triste se avisó sin tardanza: el bello monstruo que abrió vino a columpiarse sobre su sombra, se hundió en la arena removida, se medio atronó en estrellón contra un burladero, cobró una vara, salió de ella derrotado. Era la lámina clásica de los pablorromeros: anchas ancas, anchos pechos, hermosa pinta cárdena muy clara, cabecita de juguete pero serio armamento. Cuando fue manifiesta su invalidez, asomó el pañuelo verde. Se dio paso a un sobrero de 680 kilos. Eran probablemente más. Cinqueño, negro, inmenso monumento. Cansina aparición: se fue a escarbar a la boca de una tronera. Al hacer amago de moverse, retemblaba. Gigantesca dimensión, nula potencia. Armado como ninguno. Playero, incómodo. De los que no caben en los engaños. Padilla se hizo de ánimo sin flaqueza y le puso tres pares de banderillas. En el segundo, el toro, reclamado, apuntó un galope. Al segundo muletazo estaba asfixiado. Ni al paso se venía pero al paso las tres o cuatro veces que se malvino con desgana infinita. No hubo más que montar la espada y zumbarlo.
Todo lo cual dejó la corrida marcada. Los dos toros que vio salir en su primer turno Padilla fueron muestra exacta de lo que venía después. Sin más excepción que el cuarto de la tarde, y por tanto segundo de lote de Padilla, el cual toro fue de aire y estilo diferentes. Abierto de cuerna, lisa la papada, levantada la cara, ese toro, pese a gatear y claudicar de partida, se movió. Al menos eso. Alguna gana de atacar. No fue toro de nota para nada. Pero comparado con los demás parecía el rey de la selva. Y, encima, Padilla: sus recursos, su suficiencia, su listeza. Su instinto para encontrar agua como un zahorí. Un galleo por chicuelinas para meter al toro bajo el peto en vara única a la salida de una revolera forzada ya dentro de las rayas. Luego, un quite por faroles y otras dos revoleras bien marcadas. Se hizo el remolón en banderillas, pero lo reclamaron sus fieles. Tres pares buenos, todos de mérito, porque el toro sacó pies y Padilla le tuvo que ganar la cara a pulso, reunir en el balcón y salir andando.
Espejismo pasajero
Y un alarde: Padilla, en el estribo o cerrado de rodillas, y seis muletazos por alto que tuvieron sobre todo emoción. De pronto parecía volcada la corrida. Espejismo pasajero. Padilla tiró del toro por delante para irse a los medios y de pronto, imprevisto e inoportuno, se levantó viento. Lo que no se podía era torear descubierto, porque el toro atacaba, no remataba por abajo y enseguida empezó a reponer con listeza, se enteró, pegó trallazos arriba, acortó viajes y por la mano izquierda decidió revolverse antes de pasar. De modo que todo quedó al final en un combate controlado por el matador: molinetes, molinillos, vueltas, revueltas, toreo cambiado y en línea, esgrima. Toro engañado, sí, peor puesto por delante cuando atacó con la espada Padilla. Sin acierto ni fe, pero varias veces.
Casi la única aventura de toda la tarde. Igual que Padilla, los otros dos espadas pusieron de su parte todo. Sin esconderse ni Antonio Barrera ni Fernando Cruz, que apostaron como si en la corrida les fuera mucho. Agria, ingrata apuesta. El primero de Barrera dio 640 kilos de carne no exactamente brava. Bravucón en dos varas de rebote, se quiso ir de naja, pegó cabezazos al viento. No descolgó ni intención de hacerlo. Distraído, perdido, parado. Decidido y dueño Barrera, pero falló el corazón con la espada. El tercero tuvo un punto agresivo dentro de lo manso. Cruz lo manejó con gusto en muletazos genuflexos, se abrió a los medios, porfió en la media altura, que era buena receta con el pablorromero viejo. Topetazos del toro, un desarme, mirada desparramada buscando los focos cegadores de luz artificial. Un aviso, una estocada de valiente.
El quinto, que apenas se tenía de pie, fue el más manso. Buscó las tablas para aconcharse en ellas, probó por sistema y siempre, se despanzó descompuesto cuando tuvo que embestir tres veces seguidas. El más cobardón. Barrera le buscó las cosquillas. No tenía. El sexto se tuvo en firme bien, pero ladinamente. Fernando Cruz le sacó los brazos en cuatro o cinco lances templados, clásicos, de ritmo y dibujo. Media, extraordinaria. Y se puso por la mano derecha con la intención de acompañar medias embestidas inciertas, por libre, nada fiables. Tres veces estuvo a punto de cogerlo el otros tantos gaitazos el toro. Una de ellas lo cazó. Ileso. No tiró la toalla, no le vio la muerte al toro.