Pasados los 40, «las mujeres están más preparadas en general, tienen mucho más ánimo y no temen una situación nueva. Los hombres estamos más descolocados». Josu Ormaetxe es Manu, un personaje entre amigo que apoya e individuo interesado, incapaz además de mantener una relación de pareja. Hoy está en el Principal.
-¿Hacia dónde gira 'La curva de la felicidad'?
-Hacia afuera, hacia un agujero más del cinturón, hay que bajar un poquito el pantalón y soltar la camisa. Y hacia la edad. Cuando uno pasa de los 40 tiene menos tiempo, menos ganas de hacer deporte y te gusta más disfrutar: comer un poquito más, un buen vino... y los que somos de Bilbao intentamos no descuidar esas cosas ni un momento.
-Hay un subtítulo, 'La crisis de los 40'... ¿Tiene algo que ver con la música que promocionan en la radio?
-No, no. Lo que cuenta la obra es la crisis que tiene uno hacia esta edad, cuando tiene que plantearse la vida de otra forma. Las ilusiones que tenía, los yates que se iba a comprar cuando tenía 22 años, todas las chicas que iba a seducir y conquistar. Hay que hacer un balance y aceptarlo como es. Si no, viene la crisis.
-¿Así de fácil?
-También se hacen más complicadas las relaciones con las mujeres. Todos nos encontramos con separados y separadas, con dos o tres niños...
-¿Cómo se embarca un actor de Bilbao hacia Madrid?
-Bueno, profesionalmente mi carrera está en Madrid. Me fui con 20 años, a estudiar allí con José Carlos Plaza, con William Leyton, lo que se llama el método. Hice unas primeras funciones. Trabajé seis años en el Centro Dramático Nacional, con Plaza, y me afinqué. Hicimos obras como 'Hamlet' o 'El mercader de Venecia' con actores como Alberto Closas, Berta Riaza, Ana Belén. Empecé a hacer cine y tele y me quedé.
-Al final, para trabajar como actor, ¿resulta inevitable acudir a la villa y corte?
-Sobre todo, en cine y televisión. Ahora, Barcelona está despuntando. Pero cuando yo me fui no había en el País Vasco ni escuela de arte dramático. Había algunos grupos, pero yo no tenía ninguna relación y me tuve que ir. Además, tuve unos buenos maestros -Plaza, Leyton, Miguel Narros- , entré un poco en esa cuerda, me gustó y me quedé.
-Como ha comentado, todos conocemos a personas con problemas de pareja. ¿Hasta qué punto le han servido de inspiración?
-Todo. Los actores nos nutrimos del material que vemos en la calle. Pobre de aquél que no lo lo haga, además. Nosotros no hacemos un análisis muy profundo de las causas, sino que ponemos el espejo, sin llegar a las grandes motivaciones. Lo que más he utilizado han sido esos espejos que tengo delante. Hacemos los personajes en serio, pero no es un dramón donde tratamos los grandes temas universales. Aquí no hablamos del amor y el odio en Shakespeare.
-¿Ni siquiera de la guerra de sexos?
-No, no hablamos de la guerra de sexos, sino más de la competición que hay entre hombres y mujeres. Es una comedia muy parecida a las 'sitcom', las comedias de situación americanas, con un humor rápido, sin grandes dificultades.
Para despejarse
-Después de dos años por los teatros, habrá recibido muchos comentarios. ¿La gente le confunde con su personaje?
-La identificación del público con quien ve es total. Siempre creen que quien ven es el personaje. Piensan «este es así», y normalmente estamos muy alejados de lo que interpretamos. Se habla de lo que se conoce. Y por la calle, la gente te llama por el nombre del personaje.
-Imagino que este fenómeno será mayor en el caso de la televisión.
-Lo de la televisión es una cosa tremenda, en el teatro es un poquito menos. Pero está bien. Es lo normal: si le coges cariño a un personaje que has visto en la tele o en el teatro, intentas decirle algo al actor, porque te has sentido próximo. Igual no sabes cómo se llama, porque no es muy popular.
-¿Buscará tiempo para disfrutar de la fiesta?
-Sin duda. Los actores tenemos la sana costumbre de salir a dar una vueltita después de trabajar y despejarnos.
-¿Se reencontrará con la gastronomía vasca?
-Seguro. Con la gira... Aconséjeme un restaurante.