«¿Que han detenido al hijo de Pablo? No puede ser. Es un error». La misma reacción, igual estupor e incredulidad. La calle Barrancal, sus vecinos, no restaron elogios unánimes a Ramón Talegón, detenido por la Er-tzaintza por su presunta implicación en el asesinato de su suegra, Pilar Achaerandio. La triste noticia recorrió poco a poco las panaderías, las peluquerías, las tiendas, los bares y los portales. El ahora arrestado es una persona popular, «un chico fabuloso. El más bueno del barrio», decía Mari Nieves, una vecina agradecida que resaltaba que el arrestado es «el primero en ofrecerse a resolver cualquier problema».
El hijo de Pablo Talegón, que siguió los pasos de su padre y de su abuela en un negocio que fue primero obrador de pastelería y luego horno de asar todo tipo de carnes, se preocupó siempre por su barrio. En 2003, fue la voz pública que denunció una ola de violencia e inseguridad en la calle y animó a otros vecinos a fundar la asociación Barrenkale. Algunos dicen que su afán por la seguridad estigmatizó la zona, que aparecía permanentemente en los medios de comunicación. Sufrió agresiones directas de grupos de adolescentes violentos, pero logró una mayor implicación de la Ertzaintza y la Policía Local, y que arreglaran la calle con bolardos. En los últimos tiempos, la zona respira un ambiente muy tranquilo, hasta el punto que Talegón ponía el acento en la necesidad de otras mejoras sociales. Incluso era partidario de las rampas mecánicas, frente a otros colectivos.
«Nadie habla mal»
«Nadie va a hablar mal de ese chico», aseguraba Maika Diente, mientras dispensaba una excelente merluza en su pescadería a una clientela que opinaba como ella, y que se hacía cruces ante lo ocurrido. Otra recordaba que su marido jugaba a fútbol con él. «No me lo puedo creer. Es una persona normal, coherente. Siempre ha dado la cara contra la drogadicción y el ambiente de miedo que se ha vivido aquí», añadía Mari Carmen, en la tienda de ultramarinos. «Me gustaría que fuera un error. No puede ser», señalaba Carlos, dueño del comercio.
El estupor llegaba también a los parroquianos del bar Frontón. Son gente mayor que ha conocido a su padre y lo ha tratado a él. Uno de ellos, el mayor, vio de madrugada a la Ertzaintza cuando registraba el local. Estaba haciendo un txoko en el asador, contaba uno. «Nadie sabe lo que puede ocurrir en la cabeza de una persona para hacer algo así, pero éste no es de los que se pueda esperar algo tan terrible», decía otro cliente del establecimiento.
César San Millán, fotógrafo que trabaja puerta con puerta con Talegón, le recordaba como una persona que ayuda a la gente. «Su tienda siempre está abierta para cualquiera que necesita un euro». «Es un buenazo», afirmaba su amigo, el pintor Javier Hernández Landazabal. «Y esto, que no me lo creo, le va a destrozar».