Este verano será recordado como el tiempo en el que los pirómanos quemaron Galicia, que era un trozo de España. Lo de las medusas y otras especies exóticas atraídas por la temperatura del mar no formará parte de la memoria histórica. Tampoco el propuesto caos del aeropuerto de Barcelona, ni las victorias de Paquillo, Chema Martínez y De la Ossa, que se han traído tres medallas en los Europeos.
Hay que reconocer que tenemos mucha marcha. Al duro hierro de la desgracia ha venido a unirse el oro, la plata y el bronce del triunfo deportivo, a ver si cambiamos de conversación, porque la atmósfera es asfixiante. La ministra Narbona insiste en que Murcia y Valencia deben aplicar restricciones de agua, ya que el fondo de los embalses tiene un aspecto muy parecido al de la piel de los rinocerontes, aunque eso le importe un cuerno a los que viven en otras comunidades. También ha dicho la ministra de Medio Ambiente que ve la mano de ex trabajadores despechados tras los incendios.
En este caliente momento histórico la única alegría nos la han dado los marchadores. El gran Paquillo Fernández no quiere marcharse de España y ha paseado una gran bandera nacional, del tamaño de un palio. Es el único atleta español que gana dos oros consecutivos, pero no gana, ni mucho menos, el dinero que tampoco gana, pero cobra, cualquier futbolista de segunda división, aunque sea suplente.
Se dice que la misión más alta del deporte es la de crear un lenguaje en el que puedan entenderse todas las razas y todos los países. Algo así como «el departamento de juguetes de los grandes almacenes que son la vida humana». Unos almacenes, por cierto, donde abundan los dependientes enemigos de la propia empresa. Unos la desvalijan y otros la queman. Piensan que lo importante no es ganar, sino participar en su hundimiento.