Sólo se puede calificar como desalmados al grupo de iluminados por Alá que ha puesto en alerta máxima a los aeropuertos londinenses. Podemos felicitarnos de que, quizá por la excelencia policial, no hayan cosechado su éxito completo -matar a muchos centenares de personas-, pero sí han conseguido algo importante: alterar profundamente la vida de millones de viajeros. Valga como ejemplo ese puñado de alaveses aislados en Londres y que han debido volver a sus casas como han podido, hartos de los terroristas pero también de las extremas medidas de seguridad.
Somos, como sociedades en las que se tiende a respetar los derechos humanos aunque no siempre se consiga, totalmente vulnerables a los ataques de los creyentes en la necesidad de cambiar las cosas mediante la violencia. Individuos que, además, tienen sus corifeos y aplaudidores a los que, por añadidura, se suman los cínicos de la política. ¿Recuerdan aquello de que unos mueven los árboles y otros recogemos las nueces? Claro que el fenómeno del terrorismo tiene causas y que la mejor solución del problema es llegar a acuerdos para eliminar aquellos motivos que lo provocaron. Pero, mientras tanto, deberemos defendernos porque no queremos que nos maten. No estoy dispuesto a morir por nada -sí por alguien-, y mucho menos quiero que me maten en defensa de unas ideas que no es que no comparta o considere equivocadas, sino que ni siquiera comprendo. Me aburren los operativos de seguridad, me abruman los ojos vigilantes -reales o virtuales- que me miran como a un sospechoso capaz de cometer las mayores maldades, me agobia que en un avión no pueda llevar un libro porque entre las hojas podría esconder un arma. Pero prefiero soportar este abuso sobre mis derechos elementales a que me masacren un día sí y otro también.