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Jueves, 31 de agosto de 2006
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«La fuerza del estallido me tiró de la grúa», relata un operario
«La fuerza del estallido me tiró de la grúa», relata un operario
AMURRIO. Uno de los trabajadores, ayer, a la salida de la fábrica.
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La vuelta de las vacaciones pudo terminar ayer en tragedia para los cuatro trabajadores de Tubacex que tuvieron que ingresar en el hospital vizcaíno de Cruces por inhalación de humos tras la explosión. Todos ellos afrontaban su segunda jornada laboral, después del parón de agosto, cuando se vieron sorprendidos por la potente deflagración. Por fortuna, la mala experiencia quedó sólo en un susto y los empleados podrán abandonar hoy la unidad de observación.

D. P., de 28 años y con una década de experiencia en la empresa, manipulaba la grúa que transportaba la cuchara de hierro fundido que causó la explosión. Él fue quien pudo presenciar en primera persona el deficiente encaje que motivó la caída del recipiente. «Ha sido una mezcla de fallo técnico y descuido», lamentó el joven. «Lo más importante es que nadie ha resultado herido de gravedad», añadió.

A los demás empleados el accidente les pilló por sorpresa. «Yo estaba trabajando en otra maniobra y no pude ver cómo cayó la cuchara. Sólo sentí la deflagración. Los cristales de mi grúa se despedazaron y automáticamente la fuerza de la explosión me tiró de la cabina», reconoció A. M., un bilbaíno de 56 años. Pero para el operario vizcaíno «lo peor del accidente fue la nube de polvo» que se generó. «Nos dejó a ciegas durante unos minutos y nos tragamos todo el humo», aseguró.

El angustioso momento de la explosión también permanecía grabado ayer en la retina de A. Z., el trabajador más veterano de los afectados con casi tres décadas de experiencia en la acería. «No se veía absolutamente nada y esperamos dentro del pabellón a que se disipasen el polvo y el humo, pero como la situación apenas mejoraba tuvimos que salir por nuestro propio pie. Lo hicimos casi por intuición, ya que era imposible distinguir los objetos»,

señaló abatido el operario. El grupo de empleados ingresados en el hospital de Cruces la completaba F. P., un vecino de Llodio de 52 años que tampoco olvidará la madrugada del 30 de agosto.

Un compañero suyo, que se encontraba en la puerta de la nave, viajó en cuestión de segundos a «las imágenes del 11-S. Era igual. No distinguía nada. Sólo ojos de espanto en figuras negras. Ha sido terrible».



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