No discuten por el mando a distancia, ni por tender la colada. No hacen turnos para ir al baño y tampoco comparten los gastos de la compra. Conviven con el televisor, la radio o con un ordenador conectado a Internet. Su casa es su ansiado refugio, o en el peor de los casos una cárcel de la que nunca salen porque no tienen con quién ir a tomarse un café. Son ejemplos anónimos, pero todos ellos forman parte de las 21.492 personas que viven solas en Vitoria, según los últimos datos del padrón municipal. Un tercio de ellas son mayores de 65 años.
La cifra supone un incremento del 35% respecto a los hogares unipersonales registrados hace cinco años. Eso sí, entonces también había 9.500 viviendas menos que ahora, así que el aumento «es sostenido y previsible», según los expertos consultados por este periódico. Con todo, en estos momentos casi uno de cada cuatro domicilios vitorianos son ocupados por los denominados 'impares'. O lo que es lo mismo, el 9,3% de la población vive sola.
El universo de este núcleo poblacional está copado por ancianos, jóvenes independizados y parejas rotas. Algunos buscan la soledad. No necesitan compartir su vida con nadie. Otros, como es el caso de algunas personas viudas cuyos hijos ya se han ido de casa, se resignan a la nueva realidad. Son los casos más preocupantes para varias ONG que siguen atentas este fenómeno creciente.
Individualismo
Pero relacionar a los 'impares' exclusivamente con con una situación de tristeza o desamparo «es un gran error», matiza la socióloga municipal Olga Oteiza. La experta niega que en Vitoria haya un auge del individualismo, porque «la familia es una institución que jamás estará en crisis». Lo que pasa, afirma, es que la población se moderniza «y eso implica que los ciudadanos tienen otras redes de apoyo, como las profesionales. Además, la gente vive sola pero mantiene un estrecho vínculo familiar. Muy pocos desean aislarse».
A ello hay que sumar que «los hogares unipersonales no son eternos, duran un tiempo. La gente siempre se busca estar con otras personas». Lo principal, apunta, es que las instituciones creen recursos y programas de acompañamiento para los 'impares' que sí sufren por su soledad.
Este último grupo suele recurrir al Teléfono de la Esperanza, una fundación que ha atendido 2.179 llamadas en los primeros seis meses del año. El registro va camino de rozar el récord logrado en 2005, cuando 4.868 personas marcaron el número 945 14 70 14 en busca de compañía. Las que más llaman tienen entre 40 y 50 años.
Vivir solo, explican los expertos de este servicio, es síntoma del desarrollo de la sociedad. La alimentación es mejor que antaño y la esperanza de vida aumenta. Los jóvenes se independizan en cuanto tienen recursos económicos y abandonan su casa, en la que se quedan sus padres. Y luego «a lo mejor la mujer enviuda, y el hijo puede que sufra una separación o un divorcio. Es como una rueda», explica Luis de Nicolás, portavoz del Teléfono de la Esperanza.
Salir de casa
Las psicólogas de la fundación están acostumbradas a recibir llamadas de personas que viven momentos de angustia. En algún momento el 30% de los usuarios confesaron sentirse solos. Entonces, los expertos recomiendan «salir de casa, relacionarse con otros, buscar amistades. Ante todo, hay que romper la rutina». Los peores casos, desvelan, se dan en los pueblos, donde hay menos recursos de ocio. «Algunas mujeres viven auténticos calvarios y hasta piensan en el suicidio», apuntan.