En 'Los enamorados de los bancos públicos', una de sus más bellas y amargas canciones, Georges Brassens dice: «Cuando los meses hayan pasado/ cuando se hayan apaciguado/ sus bonitos sueños ardientes/ cuando el cielo se cubra de grandes nubes pesadas/ ellos se darán cuenta, conmovidos,/ que ha sido al azar de las calles/ sobre uno de esos famosos bancos/ donde han vivido la mejor época de su amor». El amor romántico ofrece una utopía y condena irremediablemente al fracaso a quien la persigue. Lo dice el sociólogo francés Serge Chaumier, de quien acaba de aparecer en castellano su estudio 'El nuevo arte de amar' (Alianza Editorial), una exploración por las últimas formas que adoptan la pasión y la convivencia en ese intento de plasmar el ideal que la tradición, la literatura y las canciones han marcado a fuego en cada persona.
Chaumier empieza por asegurar que las formas de vivir eso que se llama amor son hoy tantas que ya no se puede asimilar el concepto de pareja a la circunstancia de vivir bajo el mismo techo. Cada día, afirma el sociólogo francés, investigador en la Universidad de Borgoña, los integrantes de una pareja piden más espacio personal y se niegan a vivir proyectados el uno en el otro.
«Eso ya se viene observando desde hace décadas en una sociedad como la nuestra, mucho menos liberal en eso que la francesa», explica la socióloga Lola Simón, profesora de la Escuela de Trabajo Social de la Universidad del País Vasco. Esa necesidad de disponer de espacios propios se acrecienta en las familias reconstituidas, en las que alguno de los miembros de la pareja (o los dos) debe apartarse del otro cuando se ocupa de asuntos derivados de su anterior matrimonio: desde una fiesta en el colegio de sus hijos hasta una celebración familiar.
Ese espacio personal supone también la posibilidad de relacionarse con amigos propios y no sólo con los de la pareja, de explorar con ellos aficiones, preocupaciones comunes y planteamientos vitales. Eso es bueno, apunta Chaumier, porque los datos demuestran que la pasión amorosa decae antes en aquellas parejas que viven encerradas en sí mismas, sin apenas contactos con el exterior.
El tercero en discordia
Y así aparece la figura del tercero: una fuente de energía y de renovación en una pareja pero al mismo tiempo un peligro latente. Chaumier, que ilustra su exposición con estudios sociológicos, testimonios personales y ejemplos sacados del cine, asegura que en Francia, como en otros países europeos, cada vez es más frecuente la presencia de un 'tercero', una persona con la que uno de los cónyuges mantiene una amistad profunda, sin que ello suponga necesariamente contacto sexual. Eso oxigena a la pareja y puede suponer, desde el momento en que el otro advierte que hay un riesgo, un reforzamiento de la pasión por la vía de una 'reconquista' amorosa.
El problema mayor surge cuando el contacto termina por ser sexual. El ya clásico estudio de Carlos Malo de Molina asegura que en España hay unos nueve millones de personas mayores de 18 años que son o han sido infieles alguna vez en su vida. En dos de cada tres casos, esas infidelidades no trascendieron. Pero Chaumier cree que en las parejas de hoy y en las de un futuro cercano, obligadas a adoptar nuevas formas y roles para poder sobrevivir, conviene empezar a desdramatizar las infidelidades. El tercero, llega a decir, comienza a ser una figura necesaria incluso para mantener el amor y el deseo en la pareja.
César Manzanos, profesor de la Universidad del País Vasco y autor del libro 'La separación matrimonial', cree que si las infidelidades no son causa de ruptura en más casos es porque no se conocen. Y hay muchas diferencias según la clase social de los afectados y su lugar de residencia: es mucho más fácil que pueda mantener oculta una infidelidad alguien con recursos económicos y que viva en una gran ciudad. La vía de escape en un matrimonio de clase social baja, sobre todo en el caso de los varones, puede ser una relación ocasional o la prostitución, comenta Manzanos. Sea por razón que fuere, sólo una cuarta parte de los divorcios se producen en España por ese motivo. Puede no parecer mucho, pero es un porcentaje cuatro veces mayor al que se dio en 1932-3, justo tras la aprobación de la ley de divorcio de la República.
El 'tercero' era habitual en el siglo XIX y comienzos del XX en las parejas burguesas. Hoy también las esposas tienen amantes, pero ni ellas ni ellos lo hacen tan abiertamente como en la generación de sus bisabuelos. Con todo, a Esther Porta, autora de un par de libros sobre la sexualidad ('¿Hay sexo después del matrimonio?' y 'La primera vez'), le cuesta ver esa práctica como algo común hoy. «La tercera persona puede revitalizar la pareja, es cierto, pero en la mayoría de los casos no es así», asegura.
Relaciones pasajeras
Otras fórmulas de convivencia son el trío y el intercambio, prácticas que Chaumier considera más frecuentes de lo que se cree. En su libro cuenta con todo detalle la experiencia de dos chicas y un chico que convivieron durante sus estudios universitarios ensayando todas las combinaciones sexuales posibles e incluso incorporando a algún ligue ocasional de las muchachas. «Habría que saber qué han hecho esos mismos jóvenes cuando han entrado en la vida adulta y han diseñado un proyecto de futuro para sus vidas», se pregunta, escéptica, Lola Simón, quien también piensa que los intercambios son algo muy minoritario en nuestro país. Chaumier, en cambio, sostiene que deben entenderse como una forma reglada de tener sexo con otras personas sin implicación afectiva. Es un intercambio genital, dice, que no supone infidelidad.
En Francia, según un estudio, el 44% de los varones y el 28% de las mujeres creen que una pareja puede sobrevivir a una infidelidad siempre que se trate de una relación pasajera y por tanto de escasa implicación emocional. Los intercambios cumplen esa condición, y además no suponen desequilibrio entre sus miembros. ¿Serán comunes alguna vez en España? Nadie se atreve a afirmarlo, pero algunos datos son reveladores: en todas las grandes capitales españolas hay algún club de intercambio. Entre las vascas, los hay al menos en Bilbao, donde pueden localizarse con facilidad a través de Internet. Allí se encontrarán los fines de semana algunas parejas que, como en la canción de Brassens, probablemente nunca imaginaron que su momento más feliz era cuando se besaban en los bancos públicos.