El convento de Santa Catalina de Badaya, hoy gloriosa ruina y esplendoroso parque botánico, fue siempre un lugar difícil para los frailes. Hermoso, agreste y solitario, con un microclima único, pero inhóspito y de muy muy complicado acceso. Los cientos de personas que ayer no quisieron perderse la quinta representación medieval sobre la transformación de la antigua casa-torre de los Iruña en un monasterio tuvieron que sufrir los inconvenientes del hermoso paraje.
El aparcamiento, enclavado en la cercana localidad de Trespuentes, se llenó una hora antes de que diera comienzo el espectáculo y el microbús que subía a los visitantes no daba abasto. Por ello, a muchos no les quedó más remedio que ascender a pie la empinada cuesta -de más de un kilómetro- que llega hasta el santuario. Aun así, el esfuerzo merecía la pena. «Con esta tarde y este paisaje, esta caminata es todo un lujo», alentaba Miguel Gil a su novia, justo antes de enfilar el último tramo de la subida.
Una vez arriba, les esperaba un un mágico lugar empapado de aires medievales. En el camino de acceso a la antigua torre de los Iruña, las especies botánicas se mezclaban con los pendones de finales del siglo XV y el visitante se topaba a su paso con frailes, doncellas, celestinas, caballeros y trovadores del medievo. La Asociación Cultural Arkiz -que integra a más de un centenar de vecinos de Subijana, Víllodas y Trespuentes- lleva más de medio año preparando el montaje que recrea el momento histórico en el que los señores de Iruña -Ander Martínez de Iruña y su mujer, María Sánchez de Maturana- acompañados de sus herederos, Martín Martínez de Iruña y doña Ochanda de Anuncibay, hacen la entrega de la propiedad a los monjes agustinos que suceden a los jerónimos. Laura Marinas, autora del texto, y Carmen Vicente ejercieron como expertas narradoras de la obra, dedicada por completo a la «Santa venerada».
La ceremonia transcurrió en una tarde apacible en la que actores y visitantes dieron esplendor a un lugar destruido en las guerras carlistas después de que un grupo de sublevados se refugiara allí y fueran derrotados por los liberales. Hoy, las ruinas han dejado paso a un fastuoso parque botánico bajo la protección de la Santa. «Que a todos nos bendiga», siguen pidiendo sus devotos.