Puede leerse en cartelitos pegados por las calles vitorianas: «Técnica metamórfica. Es un masaje liberador y transformador de los bloqueos del periodo fetal y parto que hemos arrastrado hasta el presente». La posibilidad de recibir el tratamiento está acogido, a lo que parece, bajo el paraguas del Centro Holístico Tera. Mañana mismo me voy a donde mi encantadora médica de cabecera para que me aplique una baja laboral porque sufro mucho por los bloqueos de mi época no sólo como feto sino también como embrión. Manda gónadas, que es la manera fina de expresar lo que pienso.
Pero la referencia a las metamorfosis -aunque para mí sólo signifique el paso de oruga a mariposa o las transformaciones de una piedra en una roca debidas al calor y la presión- me ha hecho pensar en la remodelación de la plaza de la Virgen Blanca.
Mi amigo Ramón (Loza), al socaire del tema, sostiene que el famoso y controvertido monumento debería hacerse escamoteable: se hundiría en el suelo en determinados momentos y se elevaría en otros. No pido tanto, salvo que se mantenga donde está por mucho que les pese a algunos como a mi primo Salvador (Cuesta). Pero, ya puestos en obras, sí solicito que se restaure la lápida que recuerda el hecho de cómo, en el siglo XIX, se intentó hacer un pozo artesiano en esa plaza para, de forma gratuita y natural, traer agua al centro de la ciudad. La cosa no funcionó, pero la historia no ha perdido nada de interés. Y también, como metamorfosearán la plaza por mucho que me oponga, que por favor no pongan luces en el suelo. Hacerlo sería una cursilada además de incómodo, porque es contra natura. Durante millones de años, los seres humanos evolucionamos bajo una luz cenital, el Sol. Ahora, los artistas quieren ir contra la querencia natural.