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Martes, 12 de septiembre de 2006
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ÁLAVA
Olárizu se resiente por los caprichos del tiempo
Las lluvias de la mañana y el cielo plomizo durante toda la jornada restaron afluencia a la tradicional cita
Olárizu se resiente por los caprichos del tiempo
TRADICIÓN. No hubo codazos para hacerse con un hueco en la cruz, pero sí buen ambiente y la gente suficiente para mantener la tradición. / FOTOS: IOSU ONANDIA, JON RODRÍGUEZ
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Con el clima de Vitoria caben dos posibilidades: o asumirlo o emigrar a tierras donde la meteorología no tiene un hueco para la improvisación. Después de una pila de días bochornosos, heladeros y responsables de txosnas se frotaban las manos ante la llegada inminente de Olárizu. Pero la capital alavesa le hizo una finta al negocio. Lloviznó de madrugada, amaneció con esa capa plomiza taaann vitoriana y el solecito escondido no acabó de despuntar. Tuvo algún tímido intento por la tarde, pero se impuso el gris en la paleta de la tradicional romería.

Así que la festividad se resintió, claro está. Al mediodía, la espectacular campa central de Olárizu era un solar de césped entre verde y amarillo. La única aglomeración se divisaba a lo lejos, en el flanco izquierdo del escenario. Gente mayor, fundamentalmente, respetaba la fila india para recoger el cuenco de plástico que contenía alubias blancas con chorizo. Con el vasito de vino en la otra mano era el momento de almorzar. Espalda apoyada en un tronco y círculo de comensales campestres.

Por lo demás, calma chicha y consumiciones contadas con los dedos de una mano. Marisa se afanaba por abrir panecillos a una velocidad endiablada en el puesto de Iñigo Aurrekoetxea, llegado de Loiu para sacarle un rendimiento al día. «Qué casualidad, tenía que salir así hoy. A ver si por la tarde...». En eso confiaban.

«A ver esos dantzaris»

A las cinco estaban previstos los primeros actos vespertinos en el programa municipal. Ni siquiera así Olárizu presentaba el aspecto de hace unos años, en los que el tiempo echaba una mano. El grupo de música se afanaba por calentar el ambiente desde el escenario. Pero 'Campanera' y una dosis abundante de folklore no llegaban a calar. «A ver esos dantzaris, igual tenemos que bailar nosotros», llegó a decir por el micrófono el cantante, vocalista para los más veteranos. Matilde y Emilio, sesentones bien cumplidos, sí se arrancaron. Una pareja rodeada de hierba por todas partes.

Los todavía escasos asistentes dejaban la campa libre. Se alineaban en el lado derecho, una línea construida a base de bares y txosnas, entre ellas la de Euskobarca, que ya registra el fenómeno Messi. O en el izquierdo, detrás del Gargantúa y los cuatro gigantes que parecían velar por el desarrollo correcto de la romería. Allá se instalaban los entretenimientos infantiles: castillos hinchables para los peques, el futbolín humano que atraía a los adolescentes -como al grupo de Xabi Alkorta- y las cuerdas elásticas que elevaban a las chavalas camino de las nubes.

Pedro estaba aburrido, acodado dentro de una de las furgonetas de Helados Plaza. «Ya es el tercer año que hace malo. En lo que va de tarde he vendido cuatro helados a esos», y señala a un grupo de voluntarios de la DYA. «A estas alturas -cinco y media- ya tenía que llevar una hora buena, pero nada, y eso que la temperatura no es mala».

Pistoletazo de llegada

Fue pronunciar Pedro las palabras y empezar a divisarse por la Avenida de Olárizu un reguero, sin embotellamiento ¿eh?, de asistentes. Ropa de sport y paraguas, chándal y paraguas, ... y paraguas. A modo de bastón, pero que no faltase. La gente comenzaba a pasar por delante de los innumerables puestos de rosquillas, incluidas las blancas y anisadas de toda la vida, por supuesto. Demasiados brazos cruzados tras el mostrador, como los de Antonia. «Ya ves, hijo, qué mala suerte». El público desfilaba ante los desesperados heladeros, que mascullaban ese capricho vitoriano de variar el tiempo de un día para otro. Y andaban ante los puestos de quesos y chorizos, escasitos de transacciones.

Al menos ese caudal humano de las seis menos cuarto sirvió para recordar que las tradiciones se mantienen. Parejas mayores, cuartetos de pubertad, gente dando rienda suelta a los perros... Faltaba por conocer si la romería conserva aún uno de sus principales signos de identidad, el de ascender a la cruz de Olárizu. Desde luego no había codazos para escalar el monte desde la Casa de la Dehesa. Pero desde abajo sí se veían las suficientes hormigas humanas como para deducir que el mandato no escrito todavía es motivo de cumplimiento para algunos.

En una fecha abonada a las costumbres se echó en falta un vacío en ese paisaje anterior a enfilar la Avenida de Olárizu. Las excavadoras removían tierra donde durante tantos años se irguió Esmaltaciones San Ignacio, la popular 'porcelanas'. Sería feo o bonito el edificio, pero parecía actuar como faro de los romeros a Olárizu. Los mismos que aguardarán otro capricho del voluble clima vitoriano para merendar el año que viene bajo los rayos del sol.



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