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Jueves, 14 de septiembre de 2006
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OPINIÓN/Verdad
La obcecada apuesta por difundir y apuntalar cuantas sospechas pudieran convertir la masacre del 11-M en un ataque perpetrado por el terrorismo islamista, inducido por ETA y propiciado por el silencio cómplice de socialistas conocedores de tan macabro plan puede acabar lastrada por los medios que emplea, incapaz de alcanzar el fin que persigue. La construcción de una verdad sobre mentiras hilvanadas a base de la sistemática reducción al absurdo de los interrogantes que el sumario del juez Del Olmo no logra despejar del todo, de indicios circunstanciales y de supuestos conspirativos, ha podido ofrecer jugosos frutos a sus promotores. Pero esos triunfos ni siquiera llegan a ser partidistas, empequeñecidos por la inquina sectaria que contienen.

Alimentar la paranoia resulta de lo más sencillo. Todos y cada uno de los atentados cometidos por cualquier forma de terrorismo han dejado tras de sí incógnitas respecto a su autoría y sus propósitos. Incógnitas alimentadas por las consecuencias de orden político que hubieran acarreado. Sin ir más lejos, las conclusiones judiciales del 11-S, el informe de la Comisión que investigó sobre las circunstancias en que se produjeron los ataques en EE UU, el grado de cumplimiento de sus recomendaciones y las noticias que con posterioridad han circulado en torno a las mutaciones experimentadas por la galaxia Al-Qaida podrían ofrecer materia suficiente como para recrear no una teoría de la conspiración sino mil distintas respecto a lo acontecido ahora hace cinco años.

Hoy ni el más sagaz de los analistas podría establecer el cuadro de situación que se hubiese producido en las elecciones del 14 de marzo de 2004 si, simplemente, los portavoces del gobierno Aznar y el candidato popular a la presidencia hubieran contemplado públicamente la hipótesis del terrorismo islamista aun sin descartar la autoría etarra. Pero el empecinamiento de Zaplana y el paulatino alineamiento del propio Aznar con tesis que eludió defender personalmente aquellos días desde La Moncloa sólo pueden alcanzar la mitad de los objetivos que, presumiblemente, persigue su estrategia de fondo: cohesionar a los más incondicionales. Porque la materia empleada en tal operación ofrece tantas aristas que aleja a su partido de poder obtener esa otra porción que se requiere para ganar unos comicios: convencer también a unos cuantos escépticos. Aunque el precio de un empeño de tan inciertos resultados no lo acabará pagando sólo el PP. En parte lo acabará pagando el sistema en su conjunto. Sobre todo si alguno de los promotores de la teoría de la conspiración acaba concluyendo que la operación podría fracasar si no se retuerce más la verdad de los hechos.



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