Hace miles de años, en el Paleolítico Superior, el clima de Europa era bastante más frío que ahora, a causa de una glaciación que convirtió el norte continental en una tierra inhóspita. En la Edad de Hielo, los vascos, que soportaban una temperatura media anual 11 grados más baja que la actual -los inviernos eran tan duros como lo son ahora en la tundra siberiana-, se refugiaban en cuevas de los rigores del clima.
Eran cazadores recolectores, vestían ropas de piel vuelta, curtida con ocre y rascadores, y usaban jabalinas con puntas de sílex cuando salían a cazar, su única fuente de alimentación. Lo hacían con bastante frecuencia, en grupos organizados, y conocían a la perfección el terreno que pisaban. Estos cazadores prehistóricos establecían puestos de vigilancia en las proximidades de sus campamentos, que empleaban como atalayas para detectar el paso de los animales.
Los estudios más recientes revelan que los habitantes de Euskadi de hace unos 18.000 años, una época que se conoce bajo el nombre de Período Solutrense, mostraban una gran movilidad y se desplazaban por territorios muy extensos para aprovechar los recursos del terreno. Realizaban largas expediciones, no sólo para capturar piezas, sino también para conocer las posibilidades que les ofrecía cada zona. El sílex, por ejemplo, se obtenía mediante el intercambio con otras tribus, una práctica que cultivaban con sumo cuidado porque les permitía fabricar las herramientas necesarias para la supervivencia.
Cuando salían de caza, siempre en grupos de unos 10 ó 12 hombres, perseguían a los ciervos -su pieza favorita-, caballos y uros, un bóvido salvaje parecido al toro pero de mayor tamaño. Los huesos de los animales capturados eran empleados para tallar adornos y fabricar utensilios diversos, como pasadores. También pescaban salmones de hasta 20 kilos de peso, que les aportaban valiosas proteínas.