Jueves, 5 de octubre de 2006
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OPINIÓN

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Soldados
Quiero ser militar para ayudar a la gente». Lo suelta el chaval con la firmeza de los adolescentes, demasiado jóvenes para tonos grises o verdades a medias. En mis remotos tiempos, cuando pensabas ayudar a la gente, soñabas, en tiempo del colegio de monjas, con ser misionera; revolucionaria, en la facultad. Los menos idealistas estudiaban medicina, incluso periodismo. Buscábamos una utilidad 'civil'. Para ayudar a 'los otros' jamás se nos hubiera pasado por la mente vestir uniforme militar. No creíamos en aquella máxima latina de 'si quieres la paz, prepara la guerra'.

Los ejércitos se componen de hombres, o sea, seres humanos con debilidades, afanes, ambiciones, temores, inseguridades; incluso con un pasado. Pero manejan armas, conducen tanques, pilotan bombarderos Nuestros soldados, de un ejército al servicio de la democracia, parten ahora hacia misiones 'de paz' y me consta que lo hacen bien, que los niños de Mostar aún recuerdan su generosa ayuda, las comidas compartidas que las madres enviaban desde España, las bicicletas regaladas como despedida; me consta que más de un niño ha logrado nacer en Afganistán gracias a su ayuda Pero siguen portando armas, ya saben, esos juguetes que carga el diablo y disparan manos humanas.

Una dolorosa carambola que se envíe a un ejército a paliar los efectos que deja tras de sí otro ejército: Afganistán es uno de los lugares más pobres del planeta gracias, principalmente, al reiterado enfrentamiento de unos ejércitos contra otros; de unos fanáticos, marxistas, talibanes o demócratas, supuestamente en defensa de esa población civil que lleva décadas padeciendo su 'liberación'. La población que malvive por entre las ruinas de Kabul se compone de mendigos, niños mutilados, viudas hambrientas y soldados.

Los soldados regresan a sus casas, al otro lado de aquella miseria, para ser recibidos con flores y abrazos; en la polvorienta Kabul permanecen los civiles. Tal vez se trata de aquella vieja paradoja: al infierno nunca va el trampero ni el tramposo, sino quien cae en la trampa. La guerra no la padecen los generales que la promueven, sino quienes se creen su papel de redentores y son enviados a los bordes del abismo. También los supuestamente 'ayudados'. Cierto que prefiero a nuestro democrático ejército ayudando a los civiles atrapados; que me sentía orgullosa cuando los niños de Mostar saludaban a cualquier periodista español con un saludo internacional y aprendido en los alrededores de nuestras tropas: «¿Españoles? Tortilla, cojones, olé». Sin embargo, prefiero imaginar un mundo donde los adolescentes, cuando sientan el generoso impulso de ayudar a otros, se imaginen ejerciendo la medicina, por ejemplo. Si quieres paz, construye escuelas. Y de paso, envía a los generales y presidentes a repasar gramática, historia, geografía, matemáticas



 
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