Hace algunos cursos se implantaron en la UPV unos complementos salariales que dotaban de un poco más de lucimiento a los magros emolumentos que percibe el profesorado de la Universidad. Dichos complementos, llamados popularmente 'eusko tramos', se asignaban en función de distintos baremos con los que se premiaba la entrega docente, la investigación, publicaciones y otros méritos. El sistema entró en crisis. Si fuéramos malpensados y las instituciones de este país funcionaran con la precisión de un cronómetro suizo (o de un reloj japonés de 25 euros) podríamos llegar a pensar que la causa fue el desencuentro de la consejera del Tema con un rector que no tenía el pensamiento adecuado.
Nada más lejos de mi intención que sostener tan improbable teoría, pero en fin, el caso es que el equipo rector de la Universidad es ya más adecuado y aunque los sindicatos más representativos del profesorado no han participado en el acuerdo, hubo pacto entre el Departamento de Educación y el sindicato STEE-EILAS y LAB, con la abstención del resto de las centrales.
Es el caso que el complemento salarial de la docencia se concede bajo la condición de que el profesor, a partir de ahora llamado examinando, esté sometido al cumplimiento sistemático de las encuestas de docencia y la ausencia reiterada de valoraciones negativas por parte de los alumnos. Y las alumnas, claro, llamados y llamadas examinadores y examinadoras a partir de este momento.
Parece que esto es confundir algunas cosas. Es razonable pedir la opinión de los alumnos sobre sus profesores, siempre que no se les pregunte por cuestiones que están fuera de su capacidad de evaluación, como a veces ha pasado. Pero a condición de no otorgar a dicha opinión un valor absoluto, de la que dependa nada menos que el salario. O si no, generalicemos el sistema y hagamos entre los reclusos encuestas sobre la capacidad de los jueces que los condenaron: si creen que conocen las leyes dominan el Código Penal y si les parecen ecuánimes. En fin.