Domingo, 8 de octubre de 2006
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OPINIÓN

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Topografía celeste
En tiempos lejanos, cuando yo era un niño, estaban muy bien delimitados los territorios que habitan los muertos. De unos, que habían sido buenos durante su estancia aquí, se aseguraba que residían en el cielo, que es un local de gran cabida, donde reina la felicidad y donde se le habla a Dios de tú. De otros, que habían sido malos, o que habían tenido la mala suerte de morir en pecado mortal de necesidad, se decía que los habían hecho fijos en el infierno, que era un sitio horripilante en cuya antesala había que abandonar toda esperanza. No como en el purgatorio, que se consideraba una estación de tránsito. Explicaban mejor los reverendos de aquella época las peculiaridades del infierno que las del cielo. Algunos lo describían con tal lujo de detalles que los párvulos sospechábamos que antes que frailes, en vez de cocineros, habían sido exploradores.

En tiempos tan cercanos que los niños de entonces ya somos viejos, un hombre admirable, Juan Pablo II, se apiadó de nosotros y nos reveló que ni el cielo al que se sube, ni el infierno al que se baja son «lugares físicos», sino una especie de relación con la Divinidad. Quedaba sin resolver satisfactoriamente el concepto de limbo, que nos habían expuesto como algo muy parecido a una guardería para malogrados. Al limbo iban destinadas todas las criaturitas que por unas cosas o por otras y a veces por la sequía religiosa, morían sin bautizar, o bien fallecieron con anterioridad a la Redención en la Cruz.

Sabiamente, el Vaticano se propone ahora abandonar esa idea de limbo de los justos, que era injusta a todas luces. La Comisión Teológica Internacional nos da a conocer que «los niños son acogidos por Dios». Todos. Incluso los huérfanos tienen derecho a habitar la Casa del Padre. La reunión de los teólogos terminó el viernes pasado sin comunicado formal, pero se reanudará el año que viene.



 
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