Serán las esquirlas de la guerra fría, la estampa descolorida del sátrapa Nicolae Ceaucescu, la demoledora sombra del nihilista Cioran, el aire de los Cárpatos o el resplandor tenebroso de Drácula, pero Rumanía sigue siendo para muchos sinónimo de las nieblas políticas que velaban el Este europeo. Nada más lejos de la realidad. Sorpresa: no es un país triste. Ese prejuicio se hace pedazos nada más aterrizar en el aeropuerto de Otopeni, que se asemeja al de cualquier capital española de provincias. Allí empiezan a desvanecerse las sospechas de que Rumanía sigue siendo un país anclado en el pasado.
Las obras de la nueva vía que conecta con Bucarest, financiada por la Unión Europea, está adornada con indicios inequívocos de que la globalización también ha echado raíces aquí: un Carrefour, un concesionario de Jaguar Decenas de miles de rumanos han encontrado trabajo en España. Decenas de miles sueñan en español. Con el ingreso en la UE, el próximo 1 de enero, la sacudida económica y política será considerable y algunos temen que el éxodo que comenzó en 1989 con el hundimiento del comunismo se convierta en avalancha. A juzgar por lo que se palpa en Bucarest o mucho más al norte, en la Bucovina, tierra de asombrosos monasterios, no todos se irán. El ex periodista, poeta y pintor Constantin Severin, nacido en 1952 en Baia de Arama, enamorado de Lorca y Aleixandre, cree que «es indispensable la presión de la UE para acabar con la corrupción política y judicial. Viviremos momentos difíciles, pero a la larga será bueno para Rumanía».
Tradición hispanista
Pese a que España se ha convertido en el primer destino exterior, el país sigue siendo un desconocido. No para Joaquín Garrigós, director del Cervantes de Bucarest. Para quien quiera adentrarse en el riquísimo río literario rumano bastaría con que siguiera la senda de las traducciones que Garrigós ha firmado en los últimos 14 años, desde el gran diarista y narrador Mihail Sebastián a Norman Manea, que en 'Payasos. El dictador y el artista' desmenuza los estragos que el régimen de Ceaucescu causó en el alma, la sociedad y la economía rumanas. Pavoroso paralelismo entre la cruel mezquindad comunista y la franquista. País de gran tradición hispanista, el Cervantes se ha convertido en eje. Tiene más de 1.200 alumnos y no da abasto.
Según cifras gubernamentales, la población podría decrecer en dos millones en torno a 2020 debido a la baja natalidad y a la emigración. Ya falta mano de obra en algunos sectores. Al menos uno de cada diez rumanos ha buscado trabajo en el extranjero tras el sangriento fin de la dictadura en la Navidad de 1989. Sin embargo, para el ministro de Trabajo, Gheorghe Barbu, los temores ante un éxodo masivo «son exagerados». En España hay censados 317.000 rumanos, de los que 165.000 cotizan a la seguridad social. Pero las cifras reales apuntan a más de medio millón.
Hostelero en Alcalá
Conocida como el 'París del Este', con grandes bulevares arbolados y palacios de una capital que se soñó grandiosa y quiere volver a serlo, el afrancesamiento que todo intelectual que se precie estaba obligado a profesar encuentra cerrada competencia en el español. Para Simona Sora (Deba, Transilvania, 1967), licenciada en Filología Rumana e Hispánica y reportera del semanario 'Dilema Veche (El viejo dilema)', «tras el ingreso en la UE, en un primer momento mucha gente se irá, porque no han salido nunca». Pero no cree que el exilio económico perdure. A su juicio, «el ingreso es tan inevitable como necesario». Nicolae Barcau, nacido en Bucarest hace 41 años, es uno de los que han regresado.
Pasó ocho años en Alcalá de Henares -hay línea directa de autobuses con Bucarest- y trabajó en el sector de la hostelería. «Aunque llegué a dirigir un restaurante», cuenta en impecable español, «ya no me compensaba. Lo que ganaba se me iba en vivir. Volví a Rumanía y empecé a preguntar y a ver que el país había cambiado. Ahora ya gano aquí más que en España». Es uno de los gerentes del grupo de restauración Burebista.
Un caso diferente es el del alicantino José Pons. Dirige una empresa de productos químicos que se instaló en 1995 en Rumanía. «En diez años, el cambio ha sido formidable. La mentalidad ha cambiado mucho. La entrada en la UE hará que sean más competitivos. Rumanía ya acepta pagos en euros y están adaptando su normativa a las leyes europeas». Pons es de los que descartan una fuga tras el 1 de enero.
Para quien quiera conocer mejor de dónde vienen los rumanos, pocas novelas tan reveladoras como 'La libertad', de Ignacio Vidal-Folch. Lucía y Mircea Popa son una pareja que vive en el número 7 de la calle del doctor Obedenaru. Dos de los personajes más atractivos de 'La libertad' residen en la misma casa y llevan los mismos nombres. Es más que pura coincidencia. Lucía (Ocna Mures, Mina de Sal, Transilvania, 1944), traductora e intérprete, es la mejor guía para adentrarse en el palimpsesto bucarestino y en el incierto porvenir: «La gente piensa que la UE es la panacea». Cuando llega su marido, ella le hace de intérprete en un cálido español. Mircea, natural de la localidad ucrania de Besarabia, es una jocunda fuerza de la naturaleza. Disidente en tiempos de Ceaucescu, tras la caída de la dictadura supo hacer la reconversión de alguien que, sin dejar de apreciar a Marx, entendió las ventajas del mercado para prosperar y cambiar el funesto destino al que Rumanía parecía condenada. Creó una empresa de artes gráficas que compagina con la agencia de noticias Rusia al Día.
«No trabajan»
Dice de su país que es tierra de supervivientes. «Para comprender a Rumanía hay que saber que cumplió su deber con Europa. Mientras Occidente conjugó el verbo tener, aquí ha primado el verbo ser». Consejero del renovador Cosmin Gusa, presidente del nuevo partido Iniciativa Nacional, Mircea asegura que, al igual que los españoles consiguieron triunfar gracias a sus defectos, «los rumanos, con defectos mayores, pueden lograr mayores éxitos. Desafortunadamente, los rumanos están acostumbrados a no trabajar. Así ocurría en el viejo régimen. La buena noticia es que están aprendiendo a hacerlo en España y volverán con ese máster bien aprendido. La gran esperanza para Rumanía está en las manos de los que trabajan fuera».
En sus 'Cuadernos. 1957-1972', publicados después de su muerte, anota Emil Cioran, uno de los más desgarrados pensadores del siglo pasado: «En las montañas de Santander, una aldea perdida. En la taberna, unos pastores rompieron a cantar. En la Europa occidental, España es el último país que aún tiene alma». ¿Acaso se encuentre ahí -además de las razones económicas, lingüísticas, familiares, geográficas- uno de los imanes que atraen a tantos rumanos a la vieja piel de toro? Claro que la entrada de Cioran no terminaba ahí: «Todas las hazañas y los incumplimientos de España han pasado a sus cantos. Su secreto: la nostalgia como saber, la ciencia de la añoranza». Añoranza del futuro, Eldorado de un país perdido.