Seriedad y profesionalidad son las palabras que mejor definen el trabajo diario de Alejandro González. Peluquero «de cuna» -su padre era el antiguo barbero de su localidad natal, Busto de Bureba- Álex aprendió la profesión desde muy pequeño. Comenzó a despuntar en el pueblo, pero no fue hasta que llegó a Vitoria, con 18 años, cuando pudo progresar en su carrera. Trabajó primero como oficial en algunas peluquerías de la capital, hasta que en 1970 consiguió establecerse por su cuenta.
Inauguró, junto a varios colegas de profesión, la peluquería 'Seniors', en Ricardo Buesa, donde permaneció hasta que en los primeros ochenta decidió dar un vuelco a su trayectoria y probar suerte en solitario. Fue entonces cuando aparcó en parte las tijeras y se centró en una de las ramas «más gratificantes, pero delicadas» de la profesión: la posticería, un «arte» al que ha consagrado los últimos 25 años de su vida.
En este tiempo, Álex se ha ganado el reconocimiento y el prestigio profesional gracias a un trabajo que él mismo califica como «bonito, pero muy serio». «Hay que tener en cuenta -explica- que la gente que acude a mí viene con algún problema. Desde una alopecia hasta una enfermedad más grave y con eso no se puede frivolizar».
Reconoce que trabaja en un terreno delicado, del que apenas se tienen conocimientos y cuya imagen «no se corresponde en absoluto con la realidad». «Todo lo relacionado con los postizos -lamenta- está mal visto. Es un campo en el que apenas ha habido profesionales y se han hecho muchas chapuzas que han perjudicado a los que de verdad trabajamos con seriedad».
Devolver la ilusión
Y es que para él la persona está por encima del cliente. «No hay que olvidar que el que viene aquí es porque tiene un problema y no lo puedes mandar a la calle haciendo el ridículo. Al contrario, lo más bonito es ver cómo un buen trabajo devuelve la ilusión y la autoestima».
Y, ¿qué es para él un buen trabajo? «Aquel que la persona sienta como propio y no como si llevara una fregona en la cabeza», responde sin titubear. Para alcanzar esta «perfección», Álex trabaja codo con codo con unos profesionales catalanes. Ellos le proveen el material que luego él moldea y trata como si de una cabellera natural se tratara. Sus postizos -Álex desdeña la palabra peluca por considerarla frívola- se fabrican, de hecho, con pelo natural mezclado con una fibra especial que permite mantener el volumen y las formas naturales del cabello.
La mayoría de sus clientes son hombres, pero Álex lanza una advertencia: «He visto muchas alopecias galopantes en mujeres y cada vez recibo más visitas de gente joven». Para todos ellos, Alejandro González es, además de su peluquero, una especie de «salvador». «Hasta que no lo vives -argumenta- no puedes hacerte una idea de los problemas que puede acarrear la falta de cabello».
De ahí que para la gente que acude a él, la cuestión económica sea «lo de menos». En cualquier caso, el desembolso es más que simbólico. No se puede generalizar, pues el precio de cada postizo depende en gran medida de las necesidades concretas de cada cliente, pero la mayoría de ellos oscila entre los 500 y los 1.500 euros. ¿Su esperanza de vida? Unos dos años. «Siempre que reciba el tratamiento y los cuidados adecuados, claro está», apostilla González.
A punto de jubilarse, Álex se muestra «orgulloso» de que su hijo vaya a tomar el testigo que a él un día también le cedió su padre. «Los jóvenes ahora tienen la ventaja de poder compaginar formación y experiencia así que estoy seguro de que mi hijo será el mejor relevo posible».