Nos pasamos los noventa corriendo y sudando. Acabábamos de asimilar nuestra reciente condición de ciudadanos vascos, con un autogobierno confundido con el nacionalismo de ese color, y tanta identidad se nos atragantó. La década comenzó con la sorpresa del nacimiento de un partido provincialista, Unidad Alavesa, algo más que una escisión de la derecha local, que constituyó el factor político de referencia en esos diez años.
Y como para confirmar esa novedad provincialista, una acumulación de triunfos de alaveses se apelotonó y nos sacó multitudinarios y festivos por las calles. Los alaveses conquistaban el mundo, aunque sobre todo en el plano deportivo. El Baskonia, después de dos intentos, se hacía con su primer cetro europeo en una final histórica en Vitoria, en 1996. Martín Fiz ganaba todos los maratones, en especial el del Mundial, y su esfuerzo se premiaba con el Príncipe de Asturias del 97. Las niñas de la gimnasia se llevaban el oro en la Olimpiada de Atlanta. Oiarzabal ascendía 'ochomil' tras 'ochomil' hasta lograrlos todos, siguiendo la estela, entre otros, de Zerain, primer alpinista local en hollar el Everest. Y hasta el 'Glorioso', nuestro histórico Deportivo Alavés, subía en tres años de Segunda a Primera, y se asomaba 42 años después por méritos propios a la 'Liga de las estrellas'. Y para que todo no fueran sudores deportivos, Juanma Bajo Ulloa se hacía con la siempre prestigiosa Concha de Oro del Festival de Cine de San sebastián con su película 'La madre muerta', cuando todavía resonaban los ecos del Premio Nacional de Narrativa concedido en 1989 al ilustre vecino de Zalduendo Bernardo Atxaga.
Unidad Alavesa fue, para muchos, la incómoda protagonista de la década, al punto de que otros factores esenciales se desdibujaron aquí con su presencia. Sólo cuando empezó a flaquear, tras su primera crisis en el 97, cuando algunos no entendieron la 'realpolitik' de su cohabitación con Cuerda -un nacionalista singular, sin duda, pero al cabo con carné nacionalista-, el espectro conservador de donde procedía comenzó a sacar pecho. El Partido Popular de Aznar, en la ola del éxito a finales de la década, alteró la constante de gobiernos nacionalistas -con alguna contribución socialista, como el cuatrienio de Buesa en el Palacio de la Provincia- y dio paso a la novedad de colocar por primera vez a dos de sus hombres al frente de la Diputación y del Ayuntamiento vitoriano, el veterano Ramón Rabanera y el entonces jovencísimo Alfonso Alonso, respectivamente.
Política de bloques
Pero antes, todo había saltado por los aires. El trágico verano de 1997 en que ETA asesinó más alevosamente que nunca al concejal ermuatarra del PP, Miguel Ángel Blanco, vio también la ruptura del pacto entre nacionalistas y socialistas en las instituciones alavesas. Era otra pieza más de un puzzle de mayores dimensiones que se venía abajo.
El Pacto de Ajuria Enea, contra el terrorismo etarra, iba a entrar en crisis definitiva en marzo de 1998. Las coaliciones de gobierno mantenidas desde una década atrás volaban hechas añicos. El PP apretaba y unos socialistas noqueados por el desgaste del gobierno, los casos de corrupción y, singularmente, el conocimiento de la anterior guerra sucia de los GAL, no ofrecían el contrapunto necesario. Los nacionalistas, en ese escenario, se encaminaban al monte y rubricaban en setiembre del 98 un acuerdo en Estella con sus anteriores oponentes, ahora legitimados provisionalmente para la política por la mal llamada 'paz de Lizarra'.
El final de los pactos dio paso a la confrontación generalizada, y la política alavesa y vasca se convirtió en una ponzoña, enseguida tremendamente agitada y sangrienta. Se inauguraba la política de bloques: soberanistas frente a constitucionalistas.
Los noventa fueron años de resaca en lo económico. Nos habíamos salvado de la dura prueba de la década anterior y comenzamos a volver a crecer lentamente, pero a un ritmo superior al vasco, al español y al europeo. Incluso aspiramos a acoger en Júndiz a algún 'tigre asiático', como la multinacional Daewoo, aunque todo quedó en una formidable pifia. Lo de la aeronáutica de Gamesa sí que cobró por un tiempo vuelos más seguros. El paro sólo empezó a bajar de cifras insoportables -hasta el 19%- a partir de la segunda mitad del decenio. La economía alavesa era ya la más industrial de las provincias vascas, muy centrada en la producción de caucho y plásticos, y en artículos y construcciones metálicas. Una industria de exportación, hasta en un 40%, lo que era ya síntoma contradictorio, de vitalidad y de dependencia.
Planes y proyectos
Son años de todo tipo de planes y elaboraciones estratégicas, Plan Álava 2000 incluido. Pero también de importantes Directrices de Ordenación Territorial en la provincia y en la capital, o de proyectos frustrados entonces, como el del tranvía. En Vitoria, la construcción repuntaba en el segundo lustro de la década y se hacía visible en el nuevo Ariznabarra, en la parte final de Sansomendi y, sobre todo, en Lakua-Arriaga, la nueva ciudad. El anillo verde, iniciado en 1992, venía a definir ecológicamente los límites del desarrollo urbano.
Otra importante novedad era la que proporcionaban los nuevos alaveses. La demografía provincial, al revés que la vasca, aumentaba poco a poco, y lo hacía exclusivamente con inmigrantes extracomunitarios. Desde 1998, colombianos, marroquíes, argelinos, ecuatorianos y muchos más empezaban a darle, sobre todo a Vitoria, el progresivo tono de ciudad multirracial y multicultural que ahora vemos.
Y mientras a comienzos de la década las dos cajas de ahorros -la Municipal de Vitoria y la Provincial de Álava- se fusionaban en Caja Vital Kutxa, en lo cultural, el gran avance de estos años fue la apertura del Centro Montehermoso, en lo alto del Casco Medieval vitoriano. A la espera aún de Artium, se convirtió en la referencia local de una cultura de creación e innovadora. En el otro extremo de la ciudad, más allá de la vía, el campus universitario alavés comenzó a consolidarse como una realidad física con una masa crítica suficiente para existir. Las nuevas urbanizaciones y la recuperación de los viejos cuarteles de Flandes coincidieron con la apertura de la nueva Escuela de Empresariales. El viejo asilo de Las Nieves, después de una profunda crisis en la dirección de la universidad pública, acabaría también convertido en la nueva Biblioteca Koldo Mitxelena, tras su estreno en 2002.