Los profetas más cenizos se equivocaron. Y, los visionarios, exageraron. El año 2000 y el cambio de milenio no acarrearon la extinción de la especie humana en un apocalíptico día del juicio final. Y, por ahora, los droides no han relegado a los chuchos como las mascotas más demandadas. A cambio, el relevo de dígitos deparó otras odiseas, como la escalada al poder de Bush y Putin, la reválida de Aznar, la vuelta a casa del 'niño balsero', caídas en picado en Wall Street y la rebelión del pueblo yugoslavo contra el genocida Milosevic. En España, el bautismo del nuevo siglo se celebraba con una polémica reforma de la Ley de Extranjería y la certeza, escrita con la sangre de veintitrés muertos, de que la tregua declarada por ETA en septiembre del 1998 había sido sólo una sucia y maquiavélica trampa.
«Estaba en San Sebastián cuando recibí una llamada de una amiga de Londres. '¿Estás bien?' Me preguntó alarmada. 'Han matado a un compañero tuyo', me dijo». La banda terrorista acababa de asesinar en la capital vasca al secretario general de los socialistas alaveses, Fernando Buesa, y a su escolta, Jorge Díez Elorza. Era el 22 de febrero de 2000.
Esperanza Molina -entonces 'número dos' en las listas al Congreso- cumplía una década instalada en Vitoria, pero nunca antes sus calles le habían proporcionado escenas tan «tremendas» como las que originó la noticia. «Recuerdo a dos señoras muy mayores llorando en una esquina, a gente abrazándose... Y le aseguro que no eran del PSOE. Me impresionó mucho la conmoción ciudadana que se produjo aquel día y los siguientes. En las calles, en la manifestación... Yo iba, pero me sentí tan incómoda que me fui a casa. En el funeral, mi memoria saltó al entierro de los laboralistas de Atocha...»
El zarpazo terrorista sacudió y retrató con nitidez una ciudad que abandonaba la década anterior mecida en la «complacencia por los grandes logros de los noventa» y debutaba en una nueva con síntomas de «empezar a agonizar de éxito». «O lo que es lo mismo, con falta de autocrítica y terror al cambio. Se abre el camino hacia el estancamiento», anticipa la antropóloga.
De la mano del recién llegado alcalde popular, Alfonso Alonso, y de los socialistas, Vitoria se vuelca en su estirón «físico», el segundo más notable desde su última gran expansión, entre 1964 y 1974, cuando se levantaron 25.750 pisos. Ahora, el pacto de vivienda abría la veda a la edificación de otras 21.700 casas, al Este y al Oeste. Arranca la era del ladrillo y desde entonces -y al menos hasta 2010- las grúas siluetean el 'skyline' de la ciudad. Se ponen en marcha Salburua y Zabalgana, y se colmata Lakua, «con la mirada puesta en un censo de 300.000 habitantes».
La perspectiva de los seis últimos años de carretilla y cemento ha convencido a Molina de que «se ha anticipado el crecimiento al desarrollo. Vitoria se agranda, acumula casas, pero no se hace ciudad, algo que ocurre cuando se impulsan otros centros -porque ya no se puede hablar de sólo uno, el Ensanche- y cuando los servicios y el comercio se aproximan al ciudadano. Y, el peor dislate: lejos de propiciar la caída de los precios -dieciséis años después, ¿yo sigo de alquiler!-, ha favorecido la especulación social».
Mientras la construcción saca provecho de su particular y sonado 'boom', la tierra tiembla y se agrieta bajo los pies de los minoristas con la aparición -hasta entonces vetada por el ex alcalde Cuerda- de los 'gulliver' comerciales. Primero, Gorbeia, en Echávarri Viña. Y, un año después, en 2003, El Boulevard, en Zaramaga. «En estos tiempos en los que muchas familias sólo disponen del sábado para hacer la compra, era una quimera intentar ponerles un tapón. Máxime cuando los establecimientos tradicionales no habían valorado la posibilidad de implantarse en los nuevos barrios», reflexiona la ex directora del Inem.
«Genialidades» y «postizos»
Ajenos a la orgía de excavadoras, al terremoto comercial y a la movilización que provocó en los pequeños negocios, 8.000 alaveses rozaban el cielo alemán de Dortmund con un Glorioso épico que se quedaba a un solo gol de llevarse la UEFA de calle; la Coronación enseñaba los dientes al plan municipal para instalar en el barrio la primera planta de recogida neumática de basuras -que hoy reclaman todos los barrios- y la Fundación Catedral Santa María empezaba a proporcionar signos rotundos de su poderío para promocionar la ciudad y atraer turismo, además de literatos y otros embajadores de renombre mundial. «Sin duda, se trata de uno de los acontecimientos más importantes de las últimas décadas. Es una verdadera genialidad. ¿Quién no se la enseña a alguien que te viene a visitar?».
Colina abajo, el Centro Museo Vasco de Arte Contemporáneo levanta el telón. Después de años de polémicas sobre su ubicación, en abril de 2002, el Artium del arquitecto foral José Luis Catón es inaugurado por el rey Juan Carlos. Su misión, ejercer de «motor de la revitalización cultural de la ciudad». Sin embargo, «ha calado poco. Tal vez sea por la rivalidad con el Museo de Bellas Artes o por esa sensación de postizo que tiene de él la gente. Aún no se ha asumido como algo propio. La catedral se lo ha comido un poco...» Engullido, en este caso por la tirantez de las distintas posturas políticas, terminó el Palacio de la Música y las Artes Escénicas que el prestigioso arquitecto cántabro Juan Navarro Baldeweg diseñó para La Senda. El proyecto más deseado por el alcalde Alfonso Alonso -y también uno de los más caros- se desdibujaba por completo la pasada primavera, asediado por un bloqueo político que se prolongó durante dos años y que respondió a feroces discrepancias sobre la localización, además de la financiación y el contenido -sólo para espectáculos musicales o también para congresos-.
Tres afiladas puntas que habrían sido fácilmente limables si el plan «hubiera tenido una buena venta. Es una infraestructura fundamental, pero nació con poca fuerza y no logró arraigar en la ciudadanía», analiza la antropóloga, para quien el intenso debate sobre el Auditorio puso muchas cartas boca arriba. Por un lado, evidenció la «lucha latente y tensa entre dos visiones de Vitoria: la tradicional, basada en que la ciudad acaba donde se acaba el centro, y la que apuesta por hacer ciudad también en la periferia». Por otro, la «fatiga, 0apatía y pasotismo de los ciudadanos, que no se sienten involucrados en la sociedad y que confunden participar con protestar. Residuos del tardofranquismo», diagnostica.
El tranvía de la inmigración
En medio del tira y afloja, la lenta y costosa recuperación del viejo plan para dotar a la ciudad de un tranvía moderno -un tren que la última Corporación de Cuerda dejó pasar-, el despertar del faraónico proyecto para soterrar las líneas del ferrocarril y la remodelación de la manzana de la plaza de toros. «Son algunas fichas del futuro. La cuestión es que no nos han dado el patrón del puzzle, y las tenemos todas descolocadas. No sabemos bien dónde ponerlas porque no sabemos bien a dónde vamos. Se notan las ganas de hacer una transformación, pero no se ha hecho pedagogía con los ciudadanos y la sensación es de cierto caos».
La «desorientación» imperante, unida al «agotamiento de los recursos sociales» y a la «preocupante decadencia de Osakidetza» acontecen en una época en la que la globalización ha dado un vuelco al mundo. A golpe de masacres aleatorias en Nueva York, Madrid y Londres, y de oleadas de cayucos. La inmigración, que ha permitido a Vitoria sobrepasar la barrera de los 230.000 habitantes con la llegada de 12.300 personas extranjeras en los últimos seis años, «ha abierto la ciudad al mundo, le ha roto esquemas rígidos y la ha hecho más cosmopolita que nunca». Molina, que asume el fenómeno como un «haz de posibilidades», vaticina que «tras la sorpresa» llegará el modelo anglosajón de integración. «Cada uno en su sitio, pero con respeto. Es el 'vive y deja vivir', que ya es bastante», valora.