Martes, 24 de octubre de 2006
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LOS 80
La capital de Euskadi
La capital de Euskadi
1980. La sede de las Juntas Generales de Álava acogió durante algun tiempo sesiones del Parlamento vasco. / EDUARDO ARGOTE
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El 23 de mayo de 1980, el pleno del Parlamento autónomo elegía a Vitoria como capital de la Comunidad Autónoma del País Vasco. Aquella decisión marcó los ochenta y los años venideros. Vitoria liberó edificios para la nueva administración: el Palacio de Ajuria Enea para la Presidencia, el viejo caserón del Instituto para el Parlamento; o el nuevo geriátrico de Lakua para el Gobierno vasco. Arrancaba una nueva economía, y Vitoria, recién estrenada como ciudad industrial, recobraba su carácter terciario de antaño. Pero ya no era sólo una capital de provincia, sino de todo un país-región. La nueva administración se nutrió de funcionarios llegados de las otras provincias vascongadas, que animaron la economía local en unos años de dificultades. El pausado incremento poblacional vitoriano y alavés contrastaba con los casi setenta mil habitantes perdidos por la comunidad autónoma.

La democracia traía de la mano el autogobierno para el País Vasco. La crisis de nacimiento vino plagada de dificultades. La amenaza involucionista -el 23-F- desapareció cuando en 1982 la UCD cedió el gobierno al PSOE, en la lógica de la democracia electoral. La transición había acabado y la democracia pugnaba por asentarse. No tuvimos esa suerte con el terrorismo de ETA, que siguió acompañándonos y que propició unos años ochenta realmente terribles, también en la provincia. Y es que la década se abrió con el asesinato del jefe del Cuerpo de Miñones de Álava, Jesús Velasco.

El autogobierno no era sólo administración. Empezaba todo de cero. La provincia -las recién recobradas Juntas Generales, el renovado Concierto Económico, el Ejecutivo foral a la moderna- atendió la difícil tarea de incardinarse en el nuevo cuadro institucional vasco. No fue fácil. La Ley de Territorios Históricos, que ordenaba la relación entre las instituciones comunes vascas y las provinciales, encontró en Álava y en su diputado general, Emilio Guevara, el rechazo a un primer borrador tildado de 'centralista vasco'. El pulso se resolvió en un intermedio favorable a las provincias, que mantuvieron importantes parcelas de gestión. La Diputación alavesa siguió siendo referencia institucional básica para los ciudadanos del territorio.

La crisis de la LTH evidenció las contradictorias miradas que sobre la organización del país convivían dentro del nacionalismo. Ésta y otras tensiones llevaron a la ruptura del PNV, iniciada en Álava con la escisión del batzoki vitoriano y la creación de Eusko Abertzaleak (finalmente Eusko Alkartasuna), al final del verano de 1986. Antes, el lehendakari Garaikoetxea había cedido el testigo a Ardanza y ello había inaugurado un nuevo tiempo de relación entre el PNV y el PSE. Esto propició la llegada a la presidencia de la Diputación alavesa del socialista Fernando Buesa, en 1987. Un cambio que contrastaba con la continuidad de José Ángel Cuerda al frente del Ayuntamiento vitoriano durante veinte años. En ese tiempo, Vitoria se consolidó como ciudad de referencia, con un alto estándar de vida y una fuerte cohesión social. La década terminó con la inauguración del centro cívico Europa, el quinto de una red que se duplicaría con los años y que se constituyó en la imagen -junto con el futuro anillo verde- de una ciudadanía integrada. A cambio, el 'cuerdismo' dejó sin resolver el problema de la vivienda, que había contribuido a encarecer con sus decisiones.

Además de por la violencia terrorista, todavía no deslegitimada por los vascos, Álava vivió unos años convulsos por la problemática social. La crisis económica y el paro se abatieron sobre las comarcas siderúrgicas. Aunque la incorporación al mercado europeo debió esperar, toda la economía vivió tiempos de adaptación a una realidad cada vez más internacionalizada y abierta. Llodio, sobre todo, que inició la década con unas violentas inundaciones, vivió la dureza de la reconversión de su industria, con grandes instalaciones a punto de cerrar y, en todos los casos, reduciendo su plantilla. Los poco más de veinte mil habitantes de 1979 no los ha vuelto a superar. El crecimiento vegetativo se compensaba con la marcha de prejubilados y despedidos de sus empresas.

Sindicalismo de combate

Los mapas políticos, sociales o sindicales de hoy son resultado de las duras pugnas de aquel entonces. En Vitoria, la dinámica de marzo de 1976 encontró en la plantilla de la empresa que no había participado en ella su protagonista de estos años. Los trabajadores de Michelin trataron de impedir la instalación de ritmos de producción cada vez más intensivos. Este proceso huelguístico y su dirección sindical expresaban la vigencia de un sindicalismo de combate, frente a quienes trataban de asentar otro modelo sindical de transacción e institucionalizado. En esa pugna, la potente UGT alavesa acabó siendo disuelta en 1983, para evitar el control de los 'militant'.

Este escenario sociopolítico de crisis fue también el de una desbordante actividad cultural, escasamente ligada a las instituciones y a sus recursos, con un sesgo político autonomista y libertario, que se expresó en grupos de música, colectivos y publicaciones literarias, revistas de denuncia, producciones cinematográficas, renovadores artistas plásticos o radios 'libres'. Allí convivieron el juvenilismo, algunas apuestas públicas (el Centro de Imagen y Nuevas Tecnologías, la sala Amárica, los Talleres Abiertos de Escultura), la 'movida' local y los primeros resultados socioculturales del recién estrenado campus universitario. De entonces quedan nombres como Bajo Ulloa, Hertzainak, Iñurrieta, Ángel Martínez Salazar, Trayecto, Potato, Máskara, Resiste, La Polla Records o Hala Bedi.

Crisis, se insiste, en su acepción de cambio profundo, con consecuencias duras para la gente, pero no decadencia. Antes de terminar la década ya se advertía una recuperación provincial por encima de la vasca y la española, que se confirmó en los noventa. La más reciente industrialización, la menor obsolescencia de sus empresas y su mayor diversificación sectorial hicieron más resistente su economía que la de sus vecinos. El dinamismo de Vitoria era un claro exponente. La imagen de bienestar que proyectaba hundía sus pies en los duros ochenta, cuando un cuarto de siglo de crecimiento industrializador se puso a prueba con una crisis como no se recordaba.

 
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