Martes, 24 de octubre de 2006
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LOS 50
Despertares
Despertares
1957. El príncipe don Juan Carlos, en la plaza de la Virgen Blanca, durante su visita a Vitoria. / ARQUÉ
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A finales de 1949, Álava recibía una pésima noticia: la Diócesis se dividía y Vitoria perdía la capitalidad eclesiástica. Tras una década de sufrimiento y privaciones, con una población estancada, índices en retroceso y alguna que otra luz en forma de ampliaciones de talleres y traslado de industrias desde la saturada Guipúzcoa, se tocaba fondo. Para compensar la pérdida, la ciudad fue satisfecha con la misma Escuela de Comercio que ya tenían todas las capitales aledañas. Otras aspiraciones debían esperar. Así las cosas, ni los más optimistas habrían podido imaginar la magnitud de los cambios que aguardaban a la humilde Álava.

La primera buena noticia de la década fue la renovación del Concierto Económico. La segunda, el goteo incesante de nuevas industrias, mientras otras ampliaban instalaciones (Seorsa, Areitio ). En 1952, Imosa resolvía instalar una fábrica de automoción en las afueras de Vitoria, que se convertiría en la actual DaimlerChrisler. En 1953, Álava figuraba ya en tercer lugar en inversión industrial en el país, con 224 autorizaciones y 112,4 millones de pesetas de capital. Era opinión general de los expertos locales que la ciudad se encaminaba hacia una inevitable industrialización. Algo estaba cambiando, pese a que nuestros visitantes siguiesen viendo sólo la urbe silente, pulcra y discreta de siempre.

Pero el verdadero punto de inflexión fue la moción del alcalde Lacalle Leloup, en noviembre de 1956, a partir de la cual se ponía fin al crecimiento por inercia y se iniciaba la planificación de polígonos industriales. Un año después, con Luis Ibarra en la Alcaldía, se habían adjudicado 700.000 metros cuadrados para la instalación de 36 industrias. Pronto llegarían nuevas ampliaciones y polígonos. Vitoria se desperezaba por fin y, renegando de su idiosincrasia anterior, encaraba con optimismo el porvenir. «Vitoria es hoy una población activa y hasta ruidosa», se felicitaba el periodista Felipe García de Albéniz, en 1959.

Entretanto, el resto de la provincia seguía su propio ritmo. Llodio y Amurrio se industrializaban a toda velocidad. El primer lustro comenzaba con la inauguración de los regadíos de la Rioja y la continuación de las colonizaciones. En el segundo, arrancaba la concentración parcelaria con la prueba piloto de Eguileta (1956). La mecanización, la atracción de los polos industriales y la falta de comodidades y perspectivas favorecían la marcha a la ciudad. El 40% de los inmigrantes de Vitoria anes de 1958 eran alaveses.

El empuje de la industria traía el incremento de la población -60.000 vitorianos en 1956 y 74.000 en 1960-, y ello creaba los primeros problemas sociales. Por de pronto, desbordaría la capacidad de las escuelas, dando lugar al 'problema escolar'. La respuesta consistió en construir y ampliar colegios. El Instituto estaba ya desbordado. Otro tanto pasaba con las parroquias. En pocos años hubieron de construirse templos para el nuevo ensanche (Coronación) y para los nuevos barrios. Surgieron mercados de barrio (Aldave) y cines de barrio (Samaniego). A la ciudad, en fin, le crecían las mangas.

La inmigración agravaba viejos problemas, como el agua, la luz o la vivienda popular. La traída de aguas de Albina (1946) se había calculado para una población de cien mil habitantes, pero diez años después no abastecía a un contingente mucho menor. En 1958 se inauguraban los embalses del Zadorra (y con ellos las inundaciones). Antes y después había agua suficiente, pero no cesaron los problemas de suministro. Las restricciones de electricidad pusieron en riesgo la incipiente industrialización de Vitoria. Su consumo se triplicó durante la década. Las instituciones estimularon la construcción: 213 viviendas en 1952; 806 en 1956. Se optó por ocupar el espacio existente y por nuevas extensiones. El nuevo Plan de Ordenación Urbana (1954) fue desbordado por la industrialización e inmigración masivas. La acuciante necesidad de vivienda y el peligro del chabolismo forzaron soluciones urgentes desconocidas en Vitoria (Abechuco, Desamparados, Zaramaga, Ariznavarra).

Vitorianismo

A la par de los cambios, resurgía el 'vitorianismo'. Reverdecían las revistas circunstanciales ('Celedón', 'Avance', 'Fin de año'), las fiestas, los blusas... Se puso de moda mirar al pasado y estudiar temas locales. Alcanzó su plena madurez una nueva generación de vitorianistas (Venancio del Val, Emilio de Apráiz...). En religión, se siguió el tono del país, con hitos como la Santa Misión de 1951, la Coronación de la Virgen Blanca (1954), visitas de reliquias, peregrinaciones, procesiones y tantas otras manifestaciones del día a día católico. El Seminario vivía momentos de esplendor con casi medio millar de seminaristas, la mayoría de origen rural.

Tras muchos años de vender placidez y buen clima en verano, se fue evolucionando hacia una comprensión más moderna del turismo. Se volvió a apreciar la riqueza monumental, se acometieron las primeras restauraciones, se creó una oficina de turismo, el primer gran hotel de Vitoria (Canciller Ayala), el primer cámping de la provincia, se editaron folletos y guías turísticas. La capital alavesa nunca fue mucho más que un lugar de paso, privilegiado eso sí, por su posición estratégica en la ruta entre Madrid e Irún.

Un aire de elitismo lo invadía todo. Pese a ello, la década contemplaría los cambios propios de su tiempo. Las sociedades decimonónicas hicieron esfuerzos por adaptarse a los gustos de la juventud, de la que dependía su futuro. Sin abandonarlas todavía, los jóvenes buscaban nuevas formas de asociación en torno a clubes y centros juveniles parroquiales. Muy de destacar fue el club mixto de universitarios, el 'Aquinas', así como el del Cine Club. Se afianzaron los deportes (Estadio, Gimnasio Municipal), el cine y los bares. Llegaban de fuera nuevos conceptos, como el supermercado, el judo o las cafeterías. El último de los aristocráticos cafés, El Suizo, cerraba sus puertas en 1956. Al año siguiente abría Napoli, la primera de las modernas cafeterías. Funcionaban el Club Vespa y la Asociación de Automovilistas, reflejo de la creciente motorización. De los paseos clásicos, tan sólo subsistía el de la calle Dato, en conflicto declarado con la circulación.

 
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