Martes, 24 de octubre de 2006
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LOS 60
La gran transformación
La gran transformación
1960. Trabajadores, técnicos y directivos posan junto a la primera DKW construida en Vitoria. / EL CORREO
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Si bien fue en los años cincuenta cuando se manifestaron los primeros signos de que que las cosas empezaban a cambiar en la provincia, los sesenta se convirtieron en los de 'la gran transformación'. Se alteró la esencia misma del territorio alavés, con su capital Vitoria como máximo exponente de aquella mudanza. La clave estuvo en la industrialización. Definitivamente, la Diputación y, sobre todo, el Ayuntamiento de Vitoria se tomaron en serio las posibilidades reales de Álava. Bajo el mandato del alcalde Luis Ibarra Landete, el polígono industrial de Gamarra-Betoño significó un hito en la gestión urbanística local, pues vino a romper con la tradicional dispersión fabril por el casco urbano. Pero, sobre todo, se inició un crecimiento industrial que sería imparable, tras superarse la crisis que significó para las empresas el Plan de Estabilización del año 1959. Después surgirían los polígonos de Gamarra-Arriaga o Larragana, y llegaron empresas como Michelin. Espectacular fue también el desarrollo de Llodio, vinculado a la dinámica industrial de la cuenca del Nervión. Incluso localidades más pequeñas, como Amurrio o Salvatierra, crecieron en torno a la industria.

La tradición agrícola de la provincia perdió posiciones frente a la capital industrial. Aunque Álava se convirtió en una de las provincias con un campo más mecanizado, y desde la Diputación se impulsaron políticas de concentración parcelaria. Así, el trasvase de población agrícola hacia la capital no se hizo esperar. Pero lo más destacado fue la masiva llegada de inmigrantes de procedencia muy diversa. Desde los guipuzcoanos o vizcaínos, trasladados junto con sus empresas, pasando por los campesinos castellanos, hasta llegar a los jornaleros del sur peninsular, la variedad de perfiles sociales irrumpió con fuerza en una ciudad hasta entonces muy homogénea socialmente. Álava pasó de tener 138.934 habitantes en 1960, a 204.323 diez años después. Un crecimiento casi en exclusividad atribuible a sus localidades industriales: Llodio aumentó su población en esa década en un 115,35%, y Vitoria pasó de 73.701 habitantes a 137.266, la ciudad española con un mayor índice relativo de crecimiento.

Nuevos barrios para nuevos vecinos

Aquel extraordinario crecimiento poblacional tuvo inmediatas consecuencias. En Vitoria y en Llodio, el problema de la escasez de vivienda se agravó profundamente. El Casco Viejo y otros barrios populares vitorianos sufrieron un preocupante hacinamiento y la extensión del pupilaje, viéndose obligadas muchas familias a compartir vivienda e incluso habitación. Surgieron entonces iniciativas destinadas a la edificación de viviendas asequibles para los nuevos obreros y sus familias. Iniciados en los cincuenta, pero completados y efectivos en la década de los sesenta, se levantaron nuevos barrios cuyo estilo rompía con lo conocido hasta entonces. Ladrillo caravista, dimensiones reducidas, deficiente equipamiento, cercanía a las fábricas y una ubicación periférica fueron sus rasgos comunes. Bajo iniciativa municipal se hicieron Abechuco -la primera experiencia, con todo el espíritu paternalista de la dictadura- y Zaramaga. Constructores privados levantaron el deficiente barrio de Ariznavarra, e impulsados por el Secretariado Social Diocesano nacieron Errekaleor y Adurza. Ninguno de ellos se atenía a lo establecido en el Plan General de 1963, algo que sí hizo el barrio obrero de Arana, iniciado dos años después. También en el centro de la ciudad se llevó a cabo una reurbanización con la construcción de bloques modernos y la apertura de nuevas calles, destacando el barrio de los Desamparados. Se urbanizó además la actual Avenida de Gasteiz y las clases acomodadas encontraron nuevos espacios, como la prolongación de la calle General Álava.

Aquella nueva trama urbanística de Vitoria alteró también los hábitos de las gentes. La vida en los jóvenes barrios obreros se convirtió en una novedad a tener en cuenta. Las distancias crecieron y el desplazamiento en autobuses urbanos se generalizó, siendo la plaza del General Loma el punto central de unas líneas abarrotadas en las horas punta. De igual forma, la presencia de coches en las calles fue ganando lentamente la partida al peatón.

La primera emisión televisiva en Vitoria, en el verano de 1960, dio paso a un nuevo modo de aprovechar el tiempo libre. Gracias a aquel medio, el deporte -en especial el fútbol- se popularizó mucho más. El tiempo de ocio y evasión alcanzó una dimensión jamás vista. Se empezó a generalizar el teléfono en los hogares y cambiaron los hábitos de compra con la apertura de los supermercados. Al aumento del número de salas cinematográficas se unieron modernas cafeterías y bares. Los bailes del parque de La Florida fueron sustituidos de forma paulatina por las salas de fiesta e incluso por guateques en domicilios particulares. Los veranos se hicieron más amenos con la apertura del parque municipal Playa de Gamarra y la Sociedad Estadio.

Las tradiciones populares se reformulaban, consolidándose acontecimientos como la bajada de Celedón, aún en la plaza de España. Pero también la vida cultural experimentó un auge con nuevas entidades y grupos -Coral Manuel Iradier y Coro Araba, Grupo Espeleológico, ikastola Olabide, Biblioteca Vasca -, y vivió un momento fundamental con la creación en 1970 del Colegio Universitario de Álava.

Al final de la década, Álava estaba irreconocible, tras profundas transformaciones de dimensiones desconocidas en su historia. Y Vitoria era el centro del poder político y administrativo provincial, y también del económico. Todo ello bajo un régimen de dictadura, donde una parte del empresariado alavés -muy ligado a la clase política que controlaba las instituciones y las cajas de ahorros- dio los pasos adecuados para favorecer sus intereses y dar lugar a la industrialización masiva. Un fenómeno que, acompañado de otros inseparables a él como la inmigración o la urbanización, acabó por influir decisivamente en la construcción de la nueva sociedad que en los setenta protagonizaría el salto a la democracia.

 
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