Dicen las últimas encuestas que los ciudadanos consideran la inmigración como el mayor problema de nuestra sociedad. No sé si será el primer problema, pero sí que es cierto que es el factor que más posibilidades tiene de modificar el entorno que hoy conocemos, en un sentido todavía ignoto y dependiente en gran medida de las políticas que se lleven a cabo.
Siendo los datos locales muy discretos respecto de otros ámbitos cercanos, lo cierto es que en Vitoria estamos ya en un 4,8% de población inmigrante (10.829 personas, según la referencia de 2004), frente al 6,2% de media en España. En el conjunto de Álava el porcentaje baja al 3,6% y en la comunidad autónoma vasca, al 2,3%, algo que nos debería hacer reflexionar a todos, incluso en términos políticamente incorrectos. En cuanto a procedencias, destacan dos núcleos: el latinoamericano de colombianos y ecuatorianos, sobre todo, y el magrebí de marroquíes y argelinos.
El fenómeno de la inmigración masiva de nacionales de otros países a nuestra tierra es muy reciente. Del año 2000 para aquí. Los vascos suponemos que somos bienpensantes, solidarios y abiertos. Posiblemente sea así, pero en una ciudad caracterizada por la intervención social planificada y con medios, un 42% de nuestros vecinos considera excesiva ya la inmigración, y un 70% de las personas llegadas de otras latitudes asegura haber padecido situaciones de rechazo o directamente de racismo. Un último dato: el 16,5% de los inmigrantes vive en el Casco Viejo, y ese mismo porcentaje es el máximo de concentración sobre el total de población de un barrio.
Menos del 5% es una cifra manejable, y más en tiempos de bonanza económica como los actuales. Aunque un tercio de los inmigrantes legales fueron atendidos por los servicios sociales, sólo una décima parte recibían la ayuda de la renta básica o de las AES (ayudas de emergencia social), mientras que un 60% son laboralmente activos, por encima de la cifra de los autóctonos. La disposición y experiencia de las instituciones, sus recursos, la cultura local acostumbrada a la inmigración y la actitud de lugareños y recién llegados son bazas a jugar para que esta circunstancia se convierta en algo asumible y positivo. Con todo, concentraciones como las del Casco Viejo han activado la luz de alarma y cuestionado, si acaso, la confianza en nuestras políticas, tradición y medios.
Prosperidad e incertidumbre
El último registro de paro en la provincia era del 6,9%, y bajando. Antaño decíamos que el cuatro es paro técnico: la fotografía puntual de los que van y vienen a la oficina de empleo. La situación es de evidente prosperidad, y los agoreros de la economía local deben remitirse a prospectivas de medio y largo plazo para menguar nuestro optimismo. Esa realidad se deja notar en las nuevas y jóvenes Vitoria y Álava que emergen en barrios como Lakua-Arriaga o en urbanizaciones de Treviño, de Nanclares o de Alegría-Elburgo. Hay vida más allá de la calle Dato y del Ensanche. Uno puede sobrevivir sin pisar el 'salón de estar' vitoriano, ni para trabajar, ni para solaz y recreo, ni para la mayoría de las gestiones administrativas o privadas.
Hay en esos barrios nuevos una alegría superior a la del resto de la ciudad, en forma de pareja joven, trabajando los dos, con su niño al cargo, alguna ayuda doméstica familiar o extranjera, y una deuda con la caja de algunas decenas de millones de las viejas pesetas. (Salvo que se trate de beneficiarios de un sorteo de pisos de protección, en cuyo caso me reservo los chistes y sucedidos que circulan por las calles). Ese escenario ha propiciado definitivamente una ciudad postmoderna, en el mejor sentido del término. Esto es, una ciudad menos orgánica, que circula en menor proporción en torno a referencias y valores únicos y asentados en la historia. La consecuencia es la desarticulación y, en ocasiones, la desagregación social con sus componentes de exclusión y violencia. Pero también tiene la gran ventaja y oportunidad de la diversidad y el dinamismo, frente a comportamientos monocordes y aburridos. Recientes expresiones culturales musicales y plásticas, recogiendo a sectores minoritarios pero definidos, son muestra de ello. Y en esa línea, el reto de una apuesta cultural como la del convento de Betoño, fuera físicamente de la ciudad de siempre y necesitada de localizar públicos minoritarios y leales, que sumen por agregación y no por la búsqueda de actividades masivas, puede marcar, si se acierta, el futuro de la nueva ciudad.
Entre medio, entre la sociedad y la cultura, vuelve la economía y la referencia constante a cómo depende esta coyuntural bonanza de algunas grandes factorías, tanto en empleo directo como indirecto. Cuando Mercedes (o como se llame) arruga el bigote, le tiemblan las canillas a muchos convecinos, prestadores y prestatarios. Una eventualidad común a las economías de nuestro tiempo que muestra la debilidad de la ciudadanía frente al capital y que invita una vez más a fortalecer las capacidades internas para seguir siendo un lugar atractivo para éste: formación de la mano de obra, infraestructuras y comunicaciones, administración ágil y transparente.
El problema del envejecimiento
En 1975, cuando Vitoria estaba en el límite de su explosión como ciudad nueva e industrial, el treinta por ciento de la población tenía menos de catorce años y poco más del siete, más de sesenta y cinco. Hoy esos guarismos se han trastocado y son del doce y del quince por ciento, respectivamente. Hay más viejos que niños. Y no sólo eso, sino que muchos de ellos viven solos. Una quinta parte de los hogares vitorianos son de una sola persona, y en un caso de cada cuatro de ellos lo habita una mujer mayor.
El envejecimiento acelerado de la población -nuestro crecimiento vegetativo es nulo y sólo somos más por la inmigración- obliga a cambiar la dirección de las políticas públicas y de las ofertas privadas. A la vez que se van cerrando escuelas hay que articular un servicio y un mercado para la dependencia de la tercera edad. El caso, en forma de residencias o de pisos tutelados, es de plena actualidad en Álava, y no es más que la punta del iceberg de una transformación social de gran envergadura.
Ese cambio tiene una importante repercusión en el gasto social. Lo mismo pasa en parte con los inmigrantes, aunque retorna su beneficio con creces con su nivel de actividad. Lo cierto es que la Álava asistencial, con tantos decenios y hasta algún siglo de tradición en ese sentido, se ve obligada a reforzar esas políticas y a ser eficaz y eficiente en la gestión de los recursos públicos, siempre finitos. El Partido Popular, en sus casi ocho años en el poder local y provincial, ha terminado por asumir que nuestro estado del bienestar es una seña de identidad irrenunciable, pese a algunos intentos de atajo que no han producido más que ruido de reacción. Pero el asunto no es blanco o negro, en ningún caso.
Otra expresión de envejecimiento es la de una juventud imposibilitada para la autonomía personal por no poder emanciparse con los actuales precios de la vivienda. Construimos sólo nosotros como toda Cataluña, dice la propaganda, tenemos más viviendas de protección oficial (VPO) que el resto de la Comunidad Autónoma del País Vasco, no se ven más que grúas, pero esto sigue igual. Y lo que es peor, otro síntoma de envejecimiento, la mayoría de los jóvenes no aspiran ya más que a la suerte en un sorteo o a préstamos millonarios que apenas si les dejan salir a cenar una vez cada mes. Magros horizontes para una ciudad y una provincia que se creen superdinámicas.
La provincia de Vitoria
La otra opción y realidad es irse a dormir al campo. A la madrileña: se trabaja en la capital y se vuelve a la noche a descansar a la casa rural. Es otra estampa de nuestro tiempo que fuerza el elevado coste de tener techo. Y es que con lo que vale un piso libre en Lakua uno aún puede convertirse en propietario de tierra urbanizable con un pequeño o mediano jardín, según lugares y precios. Eso explica por qué cada vez cuesta más entrar y salir en coche de Vitoria. La ciudad, sus ciudadanos y su cultura urbana, a ese paso, acabarán definitivamente por invadir el conjunto provincial, rompiendo así la histórica fractura existente entre una y otra. Un estilo que, al fin y al cabo, es el de las grandes y medianas ciudades de nuestro entorno, pero que tan extraño se nos hacía en un lugar concebido desde hace tiempo como una auténtica 'ciudad-estado', con límites geográficos y sentimentales harto precisos.
Entonces, inmigrantes en busca de acogida, jóvenes en busca de empleo estable y de vivienda, mayores en busca de atención y compañía, tribus urbanas en busca de un hueco para expresarse, urbanitas en busca de un trozo verde para dormir, endeudados en busca de una hipoteca soportable, ciudadanos del Casco Viejo en busca de un entorno propio y abierto a la ciudad Todos buscando.
'La busca' era el título de una novela de Pío Baroja, ahora que se conmemora el medio siglo de su muerte, y formaba parte de una trilogía: 'La lucha por la vida'.